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Florencio Maíllo logra con su Cristo de Medinaceli regocijar la vista y el alma

El pintor salmantino presentó las cuatro obras, una de ellas es un tríptico clásico, en el convento de los Capuchinos, Guardianes de San Francisco

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Fruto del azar, en Madrid, el superior de la orden de los Capuchinos, Benjamín Echeverría, vio un retrato pintado por Florencio Maillo cuando éste se estaba enmarcando. Era el del padre de Antonio Cea. Le gustó tanto al religioso que tuvo la necesidad de buscar al pintor. “Hasta que me localizó”, recuerda al pintor. ‘Y, ¡vaya si lo localizó! Le encargó tres obras destinadas a la basílica madrileña de Jesús de Medinaceli

 

Todos los artistas que han pincelado el rostro de Cristo, han reflejado en sus lienzos la belleza en superlativo. Florencio Maillo, también.

Son cuatro cuadros en tres soportes, uno de ellos es un tríptico a la manera clásica. “Por el exterior de las portezuelas muestran el verdadero retrato que dejó el rostro de Cristo de su sangre en la toca de la Verónica y por dentro de las portezuelas tienen algunos tormentos de la Pasión, muy inteligentemente Maillo ha introducido dos elementos de tradición oral, apócrifa, que son las lagartijas y las golondrinas”, explica el antropólogo Antonio Cea.

Por su parte, Maillo hace una radiografía de sus cuatro obras. “Tuve la necesidad de aproximarme a la mirada, como sucede en la serie de Retratados de Mogarraz. Siempre implicándolo con la imagen emblemática de la talla que está en la basílica de Madrid, dándole expresividad. Me plantee, asesorado por Antonio Cea, como se integra el rostro como mancha en la verónica, que aparece cuando el tríptico está cerrado y como al abrirlo se descubre esa mirada en positivo, en tránsito, pasa por nuestra vida y donde están los improperios, que él padeció y nosotros también”.

florencio-mailloLos otros dos cuadros retratan a un Cristo que tiene el sayo encarnado, es el que más se reconoce a primera vista. El segundo está en movimiento. El sagrado proceso o prodigio donde la cara de Cristo que está estampado en la verónica y pasa de ser tridimensional a ser el verdadero retrato de Cristo.

Admirando las obras de Maillo se encontraba Xabier Echenique, Guardían de San Francisco en el Convento de los Capuchinos. Echenique señaló que era una obra profundamente humana. El Cristo de Medinaceli, su título propio es el Cristo Cautivo y Rescatado. Pienso que en ese sentido es una obra que responde a unas necesidades vitales, porque todos nos sentimos cautivos de infinidad de problemas y tenemos la necesidad de ser liberados y rescatado. En este sentido el pueblo puede captar esa necesidad. Es una obra enteramente humana y que responde a un fin religioso“.

En la misma línea, Antonio Cea señaló que la obra era de un “esplendor magnífico. El tríptico se puede convertir en un icono de devoción sagrada en la misma basílica, cerrado los días de la semana y abierto los viernes porque puede tener ese tú a tú entre la cara de Cristo y el devoto, que está muy acorde con la devoción moderna, en los siglo XV y XVI, en la que el alma en oración se relaciona con Cristo y Cristo con el alma”.

Florencio Maillo presentó sus obras en el ábside de la iglesia que perteneció al convento de San Francisco el Real.

Florencio Maillo presentó sus obras en el ábside de la iglesia que perteneció al convento de San Francisco el Real.

Florencio Maillo eligió un enclave extraordinario y con mucha historia para Salamanca. Jesús Málaga a modo de pincelada comentó que el Guardian de San Francisco era la clave de la vida cotidiana de Salamanca. “Cuando había un conflicto se le llamaba, cogía el estandarte de la Inmaculada y recorría las calles. La última vez que hizo esto fue en 1808, con la Guerra de la Independencia. Es más, aquí en el convento tuvo lugar la riña de los Comuneros, Rivas y Maldonado, aquí llegaron más que a las manos, de aquí salió todo el pueblo e incendiaron la casa de los Rivas. Es un lugar con mucha historia para la ciudad”.

Las obras se pueden contemplar hasta el próximo día 7 de octubre en el ábside de la iglesia que perteneció al convento de San Francisco el Real (calle de Ramón y Cajal, 13). Posteriormente, serán trasladados a Madrid para su instalación definitiva en la Basílica de Jesús de Medinaceli.

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