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Manuel Olmeda Carrasco

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Soy un profesor que emplea su tiempo de jubilado en el análisis político y consecuentes artículos donde expreso mi punto de vista sobre temas de actualidad. Este afán me viene desde mi época de estudiante

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Decía Bacon que nada induce al hombre a sospechar mucho como el saber poco. Tal frase ratifica su certidumbre en momentos históricos. Análisis y conjetura se imbrican, a veces funden, a la hora de advertir qué ocurre, por qué tanta expectación. Una plaga de incauto cotilleo se vislumbra en la ciudadanía ahíta de argumentos que le lleven a conciliar sentido común y actos ininteligibles. Vano intento, pues entrevemos complejo acceder al retorcido mundo dirigente. No debido a dificultad objetiva sino porque la dinámica política esconde trayectorias diversas marcadas todas ellas con el sello de la coyuntura, de la paradoja, tal vez del descalabro. Ahora, el analista rebosa espejismo -empapado de sed- pareciéndose al viajero perdido en el desierto.

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Quizás este epígrafe no se ajuste a la concreción que pudiera colegirse de la inmediatez ofrecida por el verbo. Llevamos siglos de indigencia. En cualquier caso, prefiero ser magnánimo antes que riguroso. Tras advertir contradictorios sentimientos por las imágenes que contemplamos en televisión, me siento aturdido ante el absurdo. Viene a mi mente una frase precisa: “La vida es tan buena maestra que si no aprendes la lección te la repite”. El día seis de octubre de mil novecientos treinta y cuatro, Cataluña y su presidente Lluís Companys recibieron una lección.

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Nos acercamos a una respuesta definitiva, a desentrañar cuánta inconsciencia existe entre quienes ponen en riesgo la placidez ciudadana. Mientras llega Cronos y desvela si hay motivos para tanta inquietud, el común atiende ansioso, debates, telediarios, hasta empaparse de información. Observa que aparecen sobre el horizonte patrio negros nubarrones de fanatismo.

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He de reconocer con afligida humildad que, pese a mi vocación analítica y escepticismo sempiterno, me han decepcionado dos políticos. Quizás fuera más apropiado hablar de engaño, de ser un ingenuo damnificado. Zapatero y Alberto Garzón ganaron, inoportuna e infundadamente, mi confianza.

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Cuando se habla de doctrina, sobre todo religiosa, surge raudo, necesario, un interrogante: ¿es la fe irracional? Algún malévolo advertiría en tal indagación un matiz peyorativo muy alejado del auténtico objetivo.

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El tema catalán, que no problema, ha estallado en todo su histrionismo melancólico. Nos hallamos ante las postrimerías de un trance anunciado. Hasta el propio Gobierno ha tenido que saborear su particular incredulidad. Nadie, en su sano juicio, vislumbró que los acontecimientos se dispararían hasta este estadio, a medio camino entre ceguera y desatino. Se tensa la cuerda excesivamente; tanto que, siendo irrompible, todos quedarán exhaustos. Sospecho que algunos políticos saldrán descalabrados, pero con los bolsillos llenos. Será una derrota victoriosa porque, como sentenció Quevedo con acierto: “Poderoso caballero es don dinero”.  La sociedad, qué duda cabe, quedará para el arrastre.

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Creía, pobre de mí, que doparse era ingerir fármacos o sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo. Así lo confirma el DRAE. Hasta ayer, era ámbito o acción propios de deportistas, poco trasparentes, en la competición. Al menos, se consideraba así a través de numerosas informaciones aireadas por prensa, radio y televisión. Incluso publicaban duros comentarios para evaluar tan grave vileza, al sentir de la masa. Aparte controversias, el tema ha tenido épocas implacables, inclementes, porque se llegó a una persecución insólita sin motivos aparentes. Terminó por juzgarse, de forma inmisericorde, la ética deportiva en ciertos deportes; verbigracia, el ciclismo. Pasados los años, quizás vano el interés personal, parece haberse alcanzado la calma, aunque se deba únicamente a mi propia visión; errónea, tal vez, por despiste o desgana.

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Hay quienes afirman, con argumentos vigorosos, que los regímenes totalitarios (nazismo y marxismo) se han fundamentado y sostenido por la propaganda. Si se quieren obtener réditos cuantiosos, debe venir acompañada de forma imprescindible, por la acción de agitadores, activistas, que aticen el descontento. Lenin, con su vasta cultura, fue un propagandista de primer orden poniendo su adiestramiento al servicio de la revolución proletaria. Lástima que las élites priorizaran la dictadura del proletariado -paso intermedio- sobre el objetivo final: “conseguir la sociedad libre una vez derrocado el capitalismo esclavizador”. La Revolución Rusa llegó con un siglo de retraso. Hitler suplía su indigencia cultural con un apasionado discurso sobre el orgullo de raza. Exento de ideología política, encontró en el Tratado de Versalles, en una inferida vergüenza nacional, el motor idóneo para perturbar al pueblo que rozaba la miseria. Los judíos fueron excusa perfecta; asimismo, víctimas.

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Todavía ignoro si mi querencia por la información política, en sentido amplio del vocablo, se debe a exclusivos y viejos impulsos analíticos. Tal vez surja en mí un desconocido afán compilatorio de dichos y hechos esperpénticos o disparatados. Mi ideal primigenio fue desgranar opiniones objetivas, equilibradoras, de actos y frases prodigados por políticos relevantes. Hoy, sin embargo, aparecen segundones que generan hilaridad; tanta que uno, hastiado de cinismo y doblez, empieza a replantearse si no cambiar el rigor por la flema. Asimismo, parece trascendente reubicar cinismo, ineptitud y felonía para asentarlos a medio camino entre tragicomedia y sainete. ¿Por qué no tomarse con humor tan desmedido afán de entrar a bombo y platillo en el libro Guinness del despropósito? Acontece con exceso que estos siniestros personajes de la rivalidad, anudan su fe al sectarismo más artificioso y petulante.

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Para discernir o argumentar con propiedad cualquier asunto, es necesario precisar o consensuar los significados. Si cada uno aplica como le viene en gana la -a veces- imprecisa polisemia de nuestro idioma, difícilmente puede llegarse a resultados satisfactorios. Por este motivo, es imprescindible establecer los términos de extensos debates multitudinarios y escasas lucubraciones personales. La España del sesteo, del despertar somnoliento, confuso y perezoso, representa un velero. Desarbolado el velamen y roto el timón, navega sin rumbo sometida a los embates que políticos de tres al cuarto y medios habilidosos, pero felones, acrecientan sin ninguna consideración. Ambos constituyen la sustancia, el aderezo principal, cuando se trata de adoctrinar, de corromper, la mente social.