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Emiliano Jiménez

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Geólogo. Paleontólogo. Profesor jubilado de la Universidad de Salamanca. Conocido por su dedicación a los quelonios fósiles; es el fundador de la Sala de las Tortugas, que desde 2013, al celebrarse su XXV aniversario, lleva su nombre.

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Iberosu dinosaurios

Quién se imagina nuestro paisaje tan cambiado? Con tupidas e impenetrables selvas tropicales, ríos caudalosos, lluvias cerradas y  extraños animales pululando de acá para allá.

Pues así era esto hace 40 millones de años. Nos lo dicen los fósiles que en estas tierras se han encontrado.

Trasladémonos mentalmente a ese remotísimo  pasado, no como suele hacerse, imaginando un paisaje amplio, a vista de pájaro. Si nos ceñimos a un punto concreto, Villamayor, y nos subimos a un alto árbol –como si fuéramos uno de aquellos monitos de entonces—veríamos un estrecho valle alargado, flanqueado al oeste por fragosas colinas y al este por un acantilado vertical. Desde su borde contemplaríamos un ancho río ondulante de achocolatadas aguas y, oreándose en sus estrechas playas, numerosos cocodrilos y racimos de tortugas.

En un claro de la selva ramonean unas achaparradas bestias de diverso volumen, todas con cuerpo rechoncho y cortas patas. Y de pronto, la bucólica paz de la escena se rompe, al salir de la tupida floresta unos horrorosos diablos, corriendo como locos tras los empavorecidos herbívoros.

Si pudiésemos enfocar con poderosa vista aguileña veríamos que estos satánicos predadores, corredores a dos patas, saltan al lomo de sus presas y muerden con gigantesca boca su cuello.

Pronto cesa la algarabía. En el calvero sólo quedan los matadores desgarrando su pitanza y, rodeándoles, otros diablos más pequeños, intentando apañar algo. No tardan en llegar los gigantes carroñeros, pesados y torpes, rugiendo y reclamando aquello a lo que creen tener derecho, no por su velocidad, sino por su fuerza y peso… Y se suceden las luchas por la comida, horribles combates  entre estas extrañas criaturas, de cuerpo lleno de picos, bocas espantosas, garras afiladas, rugidos horrísonos, sangre por todas partes, muerte…

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¿Lo habéis percibido, a través de mi mente y de mis ojos?  Pues no es producto de mi imaginación, sino de mi experiencia. Las cosas debieron pasar, más o menos, así hace 40 millones de años.

Iberosuchus fue el último cocodrilo terrestre de la historia del planeta. Fue barrido por la competencia de los Carnívoros y otros mamíferos predadores, cuando estos llegaron con los cambios climáticos y geográficos, hace unos 30 ó 35 millones de años

Los que aquí he llamado diablos fueron unos terribles cocodrilos corredores que Miguel Telles Antunes llamó Iberosuchus macrodon, de los que corporalmente se han dado algunas interpretaciones. La mía es algo diferente a la que magistralmente ha plasmado el artista Mauricio Antón siguiendo instrucciones de Francisco Javier Ortega. En mi opinión corrían sobre las dos patas traseras y su cola era gruesa y corta.

Lo más destacado, lo que sirvió para saber que aquí había algo diferente, es su dentadura. Sus dientes, reptilianos, poseen dos carenas de pequeñísimos dentículos, a modo de cuchillos-sierra. Son exactamente iguales a los del gran Tiranosaurio, pero de un tamaño diez veces menor. Sus ojos son estereoscópicos, no periscópicos, y su nariz está delante, no sobre la tabla craneal.

Iberosuchus fue el último cocodrilo terrestre de la historia del planeta. Fue barrido por la competencia de los Carnívoros y otros mamíferos predadores, cuando estos llegaron con los cambios climáticos y geográficos, hace unos 30 ó 35 millones de años.

Pero… ¿de verdad vivió este superpredador en Villamayor? Pues sí. Precisamente de aquí es el mayor diente de Iberosuchus  que se ha encontrado, de una longitud de 6 cm. ¿Cuánto mediría, de pie, este portento? Quizá 4 metros. Fue entregado por Enrique de Sena a la arqueóloga Socorro López Plaza y ella me lo pasó a mí. Puede verse en las vitrinas de cocodrilos de la Sala de las Tortugas de la Universidad de Salamanca.

Otro día hablaré más de este “risueño” reptil. Y del otro cocodrilo villamayorense, el Diplocynodon tormis. Éste sí era de río, como Dios manda hoy, pero no ayer; y, ¡cómo no!, del ejemplar que tenía el gran tamborilero Medes y otras historias. Pero eso… será otro día.

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Os acordáis de aquel maravilloso dibujo del gran Mingote, en el que Velázquez aparece diciendo algo así como “Hay días en que no se le ocurre a uno nada”, mientras las Meninas, Infantas, enanos y perro entran corriendo en el taller del pintor? Fue portada de su periódico y dio, merecidísimamente, la vuelta al mundo.

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¿Habéis leído mi “ocurrencia” de los esconjuraderos salmantinos? ¿Qué noo?

Pues leedlo, que esto que escribo ahora me lo inspiró la desaparecida campana de aquella ermita, la de Espino-Arcillo, en Tardáguila. Notaba que algo faltaba en el relato, además de la campana, de la que hace años hice el dibujo adjunto. Y de pronto, sin poder escuchar ya nunca su olvidado tañido, me llegó la luz.

¡Ahí os va!

La campana

Campana, mi campanita,

que en la mi ermita tú estás,

repica, repica alegre

en tu romería anual.

Que siempre un día es un día

para volverme a alegrar

con tu cántico risueño,

con tu alegría sin par.

Aquí, cuando yo era moza,

a mi marido encontré

que, como yo, quería oírte

y con él siempre quedé.

Hoy hasta aquí me han traído,

sola. ¡Ya no está él!

Y estaba todo muy cambiado

¿Por qué ha cambiado? ¿Por qué?

¿Dónde está mi campanita

que alegraba mi vivir?

¡Ya no está en el campanario!

¿Es que la querrían fundir?

Ermita, hoy te contemplo

triste y sola ¡Como yo!

Al verte tan arruinada

siento que todo acabó.

Mas pienso en el mozo garrido

que en el cielo está aguardando

impaciente mi llegada;

la campana repicando.

Porque allí está su sonido

con su toque angelical.

Con él nos enamoramos

por toda la eternidad.

Emiliano (20 abril 2014)

 

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espino arcillo

Mis queridos amigos Luis Ángel Alonso Matilla y José María Perea me han enviado simultáneamente desde Valencia y Madrid una preciosa información sobre los Esconjuraderos pirenaicos.

¿Que qué son los Esconjuraderos? Son construcciones muy sencillas, generalmente de base cuadrada, tejado en pirámide y puertas abiertas a los cuatro puntos cardinales. Son típicos del antiguo Reino de Aragón, a ambos lados del Pirineo, y se suelen ubicar exentos a ermitas, en lugares con amplio panorama.

¿Para qué se construyeron? ¿Para guarecerse durante las tormentas? También, pero su función principal era espantarlas con conjuros. De ahí su nombre. Se les supone un origen remotísimo, precristiano. Los que hemos vivido esos terribles meteoros pirenaicos sabemos del temor a que te caiga un rayo, sobrecogidos de espanto ante el continuo tronar del cielo, que parece que se te va a caer encima.

Pero ¿y en la Meseta? ¿Es qué no hay tormentas pavorosas? Quizás no tanto como en Huesca o Lérida, pero el común miedo a perder la cosecha debió afectar tan profundamente a las primitivas tribus vacceas, agricultoras, como en el Pirineo a sus antiguos pobladores. Y seguro estoy que también tendrían sus propios rituales tribales.

Todo fue barrido, primero por la concentración parcelaria y sus nuevos caminos, y luego por la explotación agraria, en aras del progreso y la especulación…

La cristianización asimiló estas costumbres y se afincó en los lugares donde se practicaban las ancestrales ceremonias, poniéndolas bajo la advocación de la Virgen, a la que apellidaban con preciosísimos nombres.

Todo esto se me ocurre recordando una antigua ermita, hoy desaparecida, aislada en medio de La Armuña: San Andrés, en Espino-Arcillo, en término de Tardáguila.

Me contaba el gran arqueólogo que fue don Francisco Jordá que hay lugares en los que se percibe una gran espiritualidad, que se ha mantenido a lo largo de los siglos desde la más remota antigüedad. Y ponía como ejemplo Las Batuecas, donde las muestras de religiosidad están presentes desde la Prehistoria.

Yo capté algo así cuando me tropecé con esta ermita, allá por el año 67, haciendo el mapa geológico para el Ioato. ¡Aquel paisaje solitario, con sus caminitos de tierra, sus arroyos cristalinos en los que nadaban los sencillos pececillos, sus sabrosos cangrejos, sus pequeños bosques con suelos cubiertos de margaritas… su silencio…! Todo fue barrido, primero por la concentración parcelaria y sus nuevos caminos, y luego por la explotación agraria, en aras del progreso y la especulación… Pero esto ya lo cantó magistralmente aquello de “Por el camino verde, camino verde, que va a la ermita…”

Y como en la canción, la fuente se ha secado, los bosquecillos desaparecieron y ¡hasta la campana de la ermita fue robada, junto al escudo que estaba colocado en la casita aledaña!

¿Habrá desaparecido también la espiritualidad del lugar? ¿O estará latente, enquistada, a la espera de que el hombre la necesite de nuevo?

Soñemos. Viajemos en el tiempo e imaginémonos el lugar rodeado de poblados vacceos. Se acercan los negros nubarrones primaverales. Y a Espino-Arcillo, o como se llamase en la lengua vernácula, se encaminarían los aldeanos, a rogar al dios de la lluvia –¿cuál sería su nombre?— que les protegiese del rayo y del granizo. ¿Qué ritual seguirían? ¿Qué sacrificios? ¿Harían, como en el Pirineo, construcciones sencillas, quizás con la efigie del dios, para propiciar su amparo?

¿No sería conveniente –muy conveniente– erigir uno, enorme, gigantesco, en la Plaza Mayor de Salamanca e invocar, conjurar, para que no nos aplasten las terribles tormentas que nos acosan por todas partes y que parece que nos van a ahogar?

¿Qué pasaría después? Las costumbres se cristianizarían, pero fueron barridas por la despoblación en tiempos de la dominación musulmana. Con la repoblación posterior, la espiritualidad del lugar y puede que el descubrimiento de alguna imagen oculta, se reabrió el culto local, en dura competencia con otras manifestaciones marianas. No hace muchos años las imágenes se llevaron a otro lugar y se dejó de celebrar la romería. En el viejo y abandonado recinto ermitaño yo vi, en cierta ocasión, los grandes cohetes para ahuyentar la granizada. ¡Hay que ver lo que es el progreso! ¡Se sustituyeron los rezos por petardazos! ¡Y, a lo peor, ahora, basta con apretar un botón, Dios sabe donde! ¿Peor…? ¡Sí! Porque aquella ermita, aquel paisaje, aquella poesía campestre… ¡Todo se perdió!

Pero volvamos a los Esconjuraderos y a su motivación. ¿No sería conveniente –muy conveniente– erigir uno, enorme, gigantesco, en la Plaza Mayor de Salamanca e invocar, conjurar, para que no nos aplasten las terribles tormentas que nos acosan por todas partes y que parece que nos van a ahogar? ¡No me refiero a las meteóricas, no! ¡A las otras, a las que todos, seguro que sí, tanto tememos!

¡Vade Retro!

 

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Sí. También yo soy uno más de los afectados por la terrible enfermedad de Alzheimer. No directamente, lo que es más doloroso, sino a un familiar, a mi esposa.

¿Hasta dónde llegará este mal? Las estadísticas nos hablan de cifras espeluznantes, abrumadoras, crecientes a un ritmo acelerado. De vez en cuando hay noticias esperanzadoras, que rápidamente dejan de serlo. ¿Se llegará a vencer a esta enfermedad, como se está venciendo al cáncer? Seguramente sí, aunque mis ojos no creo que lo vean.

Muchas personas están sintiendo ahora como el ser amado se va sumergiendo en el olvido. Y se desesperan. Lloran en silencio ante un futuro que creen sin esperanza. ¡Es tan terrible!

Muchas personas están sintiendo ahora como el ser amado se va sumergiendo en el olvido. Y se desesperan. Lloran en silencio ante un futuro que creen sin esperanza. ¡Es tan terrible pensarlo, el ver como la memoria se va retrasando tan lentamente, tan sin remedio! ¡Sentir y saber como era antes y como va a ser! Para estas personas desesperadas, angustiadas, va dirigida esta mi “ocurrencia” de hoy.

A todos nos llega un momento en que tomamos la decisión de llevar a nuestro enfermo a un centro especializado en Alzheimer. Se ha pasado una durísima etapa en la que pensamos que no nos portamos bien, que parece como si te quisieras librar de la angustia de cuidarle. Todos pasamos por esa prueba, algunos con difíciles traumas morales o síquicos.

Pero luego, al cabo de un tiempo, te das cuenta que has entrado en un mundo nuevo, haciendo cierto aquello de que “Dios aprieta, pero no ahoga”

Y es que entras en una hermandad, la Hermandad del Triple Amor.

Triple porque sientes como el amor que sientes por tu enfermo se refuerza, aumenta, progresa…

Triple porque sientes el amor de los que, como tú, padecen el mal, y ves como tratan de ayudarte con su ejemplo, con su cariño constante, con su apoyo.

Luego entras en la Hermandad del Triple Amor: el que sientes por tu enfermo, por los que padecen el mal como tú y el de los cuidadores

Y triple por el amor que ves en los cuidadores profesionales, no sólo a los enfermos, sino también a sus familiares. Que están pendientes de nuestras ansiedades, de nuestras depresiones, tan frecuentes. Y que en cuanto aprecian el más leve síntoma vuelan para ayudarte. ¡Sí, vuelan; porque son ángeles caídos del cielo! Para estos ángeles no hay crisis, no hay ideologías ni partidos, ni razas; no hay cansancio. Sólo hay unos enfermos a los que cuidar y unos familiares a los que ayudar y, a veces, aguantar.

Eso. Eso es lo que encontré en la Residencia Boni Mediero, en la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Salamanca, Asociación sin ningún ánimo de lucro, muy sacrificada en estos tiempos de recortes, que lucha desesperadamente por mantener una actividad ejemplar, a unos profesionales de altísima calidad humana, que ven como las subvenciones se reducen considerablemente, o se suprimen, o no se conceden.

Y siguen ahí –seguimos ahí–, porque una vez “ingresados” en esta Hermandad del Triple Amor, ¡¡¡Ya no puedes, ni quieres salir!!!

DEDICATORIA

A todos los que forman la Asociación de

Familiares de Enfermos de Alzheimer

(Salamanca), los que, con su sonrisa

y el brillo de sus ojos, llenan el vacío

en el alma que nos deja tan terrible

enfermedad en los seres queridos.

A todos ellos,

que forman, conmigo, una

Hermandad del Triple Amor.

Triple por el amor conyugal o filial que nos une;

por el amor sacrificado que nos ata con más

fuerza a nuestros enfermos;

por el amor generoso de nuestros

cuidadores, siempre pendientes

de nuestro más mínimo desánimo.

 

 

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valcuevo colón

Pues ocurrió que a mediados del siglo XV tuvimos aquí un eremita, ¡sí, sí, un eremita!, que para vivienda escogió una oquedad, colgada sobre el Tormes unos 10 metros. Se encuentra esta cueva como a media legua aguas abajo de Villamayor y es muy pequeñita. ¡Yo creo que cinco personas tumbadas no cabrían en ella!

Sólo se tiene acceso a ella por una estrecha senda en el corte del río, entre zarzas y maleza, y no se la ve desde esta orilla. Únicamente desde la otra, y mal, por la vegetación que allí se da. ¡No resulta fácil verla, no!

Pues allí se descolgó aquel santo varón, iluminado por su éxtasis de soledad.

– ¿Y qué comía?

– Siempre hubo buenas gentes que le cuidaron en ese sentido. Los pastores le regalaban quesos… El que pasaba por allí algo le dejaba. ¡No debió vivir mal del todo!

Y más aún cuando se corrió la voz de que daba buenos consejos a quien los pedía a gritos desde lo alto del acantilado… Pronto comenzaron a venir mujeres y hombres preguntando por el bien de sus hijos, que guerreaban en Granada… Y él, por extraño privilegio, siempre les daba noticias acertadas. Al menos así se creía…

En el apogeo de la fama de aquel eremita de Valcuevo llegó a Salamanca un personaje entonces desconocido, pero que años después alumbraría al mundo con su nombre: Colón.

Colón fue llamado por el Claustro de Doctores de la Universidad y se le notificó su dictamen negativo, basado en los cálculos del radio del mundo, que ya los antiguos griegos realizaron, erróneamente interpretados por el navegante

Pretendía que la Universidad diese el visto bueno a su proyecto de llegar a las Indias por Occidente, condición previa para el favor Real. Y mientras los Doctores deliberaban sobre tan novedosa idea, algunos dominicos le invitaron a pasar un período de descanso o meditación en una finca que tenían cerca de Valcuevo.

Estando allí oyó Colón hablar del eremita. Una mañana, movido por la curiosidad, fue a visitarle, en compañía de algunos frailes.

Para sondearle, preguntaron qué oficio tenía el visitante, a lo que respondió que sin duda se trataba de un viajero empedernido…

-¿Y qué le queda por ver? – preguntó un fraile.

-¿Oh! Muchos países y gentes, con extraños atavíos. Raras bestias y aves…

-Decidme. Esas gentes que decís… ¿llevan sedas orientales? ¿Son sus ojos rasgados y el color de la piel amarillento o amorenado?

-¡No! Van casi desnudos y tienen rasgos no conocidos. Su tez no es de ese color que decís, sino más bien parda o rojiza…

-¿Y qué llevan en la cabeza?

-¡Plumas, señor! ¡Nada más que plumas!

-¿Y qué comen?

-¿Qué han de comer, señor? ¡Lo que pueden!

Al marcharse del lugar, uno de los frailes le preguntó a Colón:

-Y bien…, don Cristóbal, ¿qué os pareció el eremita?

-Un fantasioso. ¿Dónde se ha visto que haya gentes que se toquen tan sólo con plumas? ¿Y dónde están las tan cantadas riquezas de Las Indias, sus especias, y su oro? ¡No! No creáis las patrañas de ese impostor…

-Pero, sin embargo…, bien que adivinó que vos sois un viajero empedernido…

-Nada más fácil al oír mi acento balear, tan extraño para él…

Después de su famoso segundo viaje, el Gran Almirante de la Mar Océana recordó las visiones del eremita. La opinión d elos doctores de Salamanca no la olvidó jamás

Poco después Colón fue llamado por el Claustro de Doctores de la Universidad y se le notificó su dictamen negativo, basado en los cálculos del radio del mundo, que ya los antiguos griegos realizaron, erróneamente interpretados por el navegante. Según el informe, hoy perdido (posiblemente aposta), era imposible pertrechar ningún navío para atravesar la gran distancia marina que separaba, yendo hacia el oeste, a España de Las Indias o de Cipango. ¡Si al menos hubiese tierra conocida en medio!

Pero todo lo que entonces se sabía sobre el particular no eran sino leyendas sin ninguna base, consejas de viejos para asustar a los niños…

Es casi seguro que don Cristóbal Colón hiciese un parecido comentario sobre la Universidad de Salamanca como el que él calificó al eremita de Valcuevo…

Según parece, después de su famoso segundo viaje, el Gran Almirante de la Mar Océana recordó las visiones del eremita –la opinión de los Doctores de Salamanca no la olvidó ni perdonó jamás–, y quiso saber sobre él. Al cabo de un tiempo le informaron que fue encontrado muerto, en la cueva, pocos días después de su marcha de Salamanca…

– Preciosa historia, que no conocía. ¿Y qué fue de la cueva?

– Allí sigue. No volvió a ser habitada nunca más. Pero es curioso que no haya sido desde entonces cobijo de alimañas, y que se conserve limpia de malas hierbas y matorrales, sin que nadie se haya ocupado jamás de ella. Es como si aquel extraño visionario, cumplida su misión en este mundo, velase, desde el otro, por el aseo de su vivienda…