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Emiliano Jiménez

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Geólogo. Paleontólogo. Profesor jubilado de la Universidad de Salamanca. Conocido por su dedicación a los quelonios fósiles; es el fundador de la Sala de las Tortugas, que desde 2013, al celebrarse su XXV aniversario, lleva su nombre.

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En mis años mozos sentí la llamada de la montaña y exploré, en solitario, la parte de la Sierra de Gredos que tiene a sus pies el pueblo de mis padres, Casavieja. Por entonces –estoy hablando de los años 60– no había la proliferación de caminos que hoy han hecho que pierda aquel encanto de semisalvaje

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Hace muchos, muchos, años alguien –no recuerdo quien—me enseñó una fotografía que había hecho en las cercanías del derruido puente de La Salud.

Para los que no lo sepan, este famoso puente era de hierro y se construyó para el ferrocarril entre Salamanca y Portugal. Con el paso del tren traqueteaba pavorosamente. Hoy sólo se conservan los grandes pilares de piedra.

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El otro día os conté mi invención de clasificar a las personas como DANTES o TOMANTES. Lo hice medio en broma, medio en serio y, ¡mira por donde!, he recibido muchas cartas comentándome su aplicación.

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Perdonadme si empleo –a posta—alguna palabra no académica. Pero es que, en primer lugar, me apetece hacerlo así. Y, en segundo, porque encaja mejor con la palabra contraria. El invento no es mío. Su origen está en un “chiste” famoso en el que el autor de La Divina Comedia pretende ver cierta parte de su Infierno. Pero no sigo, que eso… es otra historia. Y empiezo, pues, con la mía:

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¿Os acordáis de una de mis “ocurrencias“ en la que hablaba de las historias que se contaban en los pueblos durante la sobremesa nocturna, a la luz de los candiles? Historias generalmente truculentas, de apariciones de esas que ahora llaman paranormales.

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Hace muchos años leí un artículo de mi venerado maestro Bermudo Meléndez, ilustre catedrático de Paleontología, en el que se refería a los peldaños de la vida animal desde que fue creada.

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Tengo la fortuna de poder decir que he tenido alumnos excepcionales. Uno de ellos fue Miguel Ángel Cuesta Ruiz-Colmenares, quien, movido por su vocación, se dedicó al estudio de los mamíferos fósiles, sobresaliendo en el de los perisodáctilos.

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Cuando yo era pequeño había la costumbre en casa de mis padres de recibir, de su pueblo, una cesta con uno o dos pollos vivos, destinados a su sacrificio gastronómico navideño. ¿Te acuerdas, amigo Jesús –Luke–, que tú siempre me acompañabas a recoger el paquete; mejor dicho: era yo quien te acompañaba a ti?

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¡Sordo! ¡No oír nada! ¡No percibir las sensaciones de la música, ni la voz de los seres queridos…!