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Emiliano Jiménez

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Geólogo. Paleontólogo. Profesor jubilado de la Universidad de Salamanca. Conocido por su dedicación a los quelonios fósiles; es el fundador de la Sala de las Tortugas, que desde 2013, al celebrarse su XXV aniversario, lleva su nombre.

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¿Habéis leído mi “ocurrencia” de los esconjuraderos salmantinos? ¿Qué noo?

Pues leedlo, que esto que escribo ahora me lo inspiró la desaparecida campana de aquella ermita, la de Espino-Arcillo, en Tardáguila. Notaba que algo faltaba en el relato, además de la campana, de la que hace años hice el dibujo adjunto. Y de pronto, sin poder escuchar ya nunca su olvidado tañido, me llegó la luz.

¡Ahí os va!

La campana

Campana, mi campanita,

que en la mi ermita tú estás,

repica, repica alegre

en tu romería anual.

Que siempre un día es un día

para volverme a alegrar

con tu cántico risueño,

con tu alegría sin par.

Aquí, cuando yo era moza,

a mi marido encontré

que, como yo, quería oírte

y con él siempre quedé.

Hoy hasta aquí me han traído,

sola. ¡Ya no está él!

Y estaba todo muy cambiado

¿Por qué ha cambiado? ¿Por qué?

¿Dónde está mi campanita

que alegraba mi vivir?

¡Ya no está en el campanario!

¿Es que la querrían fundir?

Ermita, hoy te contemplo

triste y sola ¡Como yo!

Al verte tan arruinada

siento que todo acabó.

Mas pienso en el mozo garrido

que en el cielo está aguardando

impaciente mi llegada;

la campana repicando.

Porque allí está su sonido

con su toque angelical.

Con él nos enamoramos

por toda la eternidad.

Emiliano (20 abril 2014)

 

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espino arcillo

Mis queridos amigos Luis Ángel Alonso Matilla y José María Perea me han enviado simultáneamente desde Valencia y Madrid una preciosa información sobre los Esconjuraderos pirenaicos.

¿Que qué son los Esconjuraderos? Son construcciones muy sencillas, generalmente de base cuadrada, tejado en pirámide y puertas abiertas a los cuatro puntos cardinales. Son típicos del antiguo Reino de Aragón, a ambos lados del Pirineo, y se suelen ubicar exentos a ermitas, en lugares con amplio panorama.

¿Para qué se construyeron? ¿Para guarecerse durante las tormentas? También, pero su función principal era espantarlas con conjuros. De ahí su nombre. Se les supone un origen remotísimo, precristiano. Los que hemos vivido esos terribles meteoros pirenaicos sabemos del temor a que te caiga un rayo, sobrecogidos de espanto ante el continuo tronar del cielo, que parece que se te va a caer encima.

Pero ¿y en la Meseta? ¿Es qué no hay tormentas pavorosas? Quizás no tanto como en Huesca o Lérida, pero el común miedo a perder la cosecha debió afectar tan profundamente a las primitivas tribus vacceas, agricultoras, como en el Pirineo a sus antiguos pobladores. Y seguro estoy que también tendrían sus propios rituales tribales.

Todo fue barrido, primero por la concentración parcelaria y sus nuevos caminos, y luego por la explotación agraria, en aras del progreso y la especulación…

La cristianización asimiló estas costumbres y se afincó en los lugares donde se practicaban las ancestrales ceremonias, poniéndolas bajo la advocación de la Virgen, a la que apellidaban con preciosísimos nombres.

Todo esto se me ocurre recordando una antigua ermita, hoy desaparecida, aislada en medio de La Armuña: San Andrés, en Espino-Arcillo, en término de Tardáguila.

Me contaba el gran arqueólogo que fue don Francisco Jordá que hay lugares en los que se percibe una gran espiritualidad, que se ha mantenido a lo largo de los siglos desde la más remota antigüedad. Y ponía como ejemplo Las Batuecas, donde las muestras de religiosidad están presentes desde la Prehistoria.

Yo capté algo así cuando me tropecé con esta ermita, allá por el año 67, haciendo el mapa geológico para el Ioato. ¡Aquel paisaje solitario, con sus caminitos de tierra, sus arroyos cristalinos en los que nadaban los sencillos pececillos, sus sabrosos cangrejos, sus pequeños bosques con suelos cubiertos de margaritas… su silencio…! Todo fue barrido, primero por la concentración parcelaria y sus nuevos caminos, y luego por la explotación agraria, en aras del progreso y la especulación… Pero esto ya lo cantó magistralmente aquello de “Por el camino verde, camino verde, que va a la ermita…”

Y como en la canción, la fuente se ha secado, los bosquecillos desaparecieron y ¡hasta la campana de la ermita fue robada, junto al escudo que estaba colocado en la casita aledaña!

¿Habrá desaparecido también la espiritualidad del lugar? ¿O estará latente, enquistada, a la espera de que el hombre la necesite de nuevo?

Soñemos. Viajemos en el tiempo e imaginémonos el lugar rodeado de poblados vacceos. Se acercan los negros nubarrones primaverales. Y a Espino-Arcillo, o como se llamase en la lengua vernácula, se encaminarían los aldeanos, a rogar al dios de la lluvia –¿cuál sería su nombre?— que les protegiese del rayo y del granizo. ¿Qué ritual seguirían? ¿Qué sacrificios? ¿Harían, como en el Pirineo, construcciones sencillas, quizás con la efigie del dios, para propiciar su amparo?

¿No sería conveniente –muy conveniente– erigir uno, enorme, gigantesco, en la Plaza Mayor de Salamanca e invocar, conjurar, para que no nos aplasten las terribles tormentas que nos acosan por todas partes y que parece que nos van a ahogar?

¿Qué pasaría después? Las costumbres se cristianizarían, pero fueron barridas por la despoblación en tiempos de la dominación musulmana. Con la repoblación posterior, la espiritualidad del lugar y puede que el descubrimiento de alguna imagen oculta, se reabrió el culto local, en dura competencia con otras manifestaciones marianas. No hace muchos años las imágenes se llevaron a otro lugar y se dejó de celebrar la romería. En el viejo y abandonado recinto ermitaño yo vi, en cierta ocasión, los grandes cohetes para ahuyentar la granizada. ¡Hay que ver lo que es el progreso! ¡Se sustituyeron los rezos por petardazos! ¡Y, a lo peor, ahora, basta con apretar un botón, Dios sabe donde! ¿Peor…? ¡Sí! Porque aquella ermita, aquel paisaje, aquella poesía campestre… ¡Todo se perdió!

Pero volvamos a los Esconjuraderos y a su motivación. ¿No sería conveniente –muy conveniente– erigir uno, enorme, gigantesco, en la Plaza Mayor de Salamanca e invocar, conjurar, para que no nos aplasten las terribles tormentas que nos acosan por todas partes y que parece que nos van a ahogar? ¡No me refiero a las meteóricas, no! ¡A las otras, a las que todos, seguro que sí, tanto tememos!

¡Vade Retro!

 

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Sí. También yo soy uno más de los afectados por la terrible enfermedad de Alzheimer. No directamente, lo que es más doloroso, sino a un familiar, a mi esposa.

¿Hasta dónde llegará este mal? Las estadísticas nos hablan de cifras espeluznantes, abrumadoras, crecientes a un ritmo acelerado. De vez en cuando hay noticias esperanzadoras, que rápidamente dejan de serlo. ¿Se llegará a vencer a esta enfermedad, como se está venciendo al cáncer? Seguramente sí, aunque mis ojos no creo que lo vean.

Muchas personas están sintiendo ahora como el ser amado se va sumergiendo en el olvido. Y se desesperan. Lloran en silencio ante un futuro que creen sin esperanza. ¡Es tan terrible!

Muchas personas están sintiendo ahora como el ser amado se va sumergiendo en el olvido. Y se desesperan. Lloran en silencio ante un futuro que creen sin esperanza. ¡Es tan terrible pensarlo, el ver como la memoria se va retrasando tan lentamente, tan sin remedio! ¡Sentir y saber como era antes y como va a ser! Para estas personas desesperadas, angustiadas, va dirigida esta mi “ocurrencia” de hoy.

A todos nos llega un momento en que tomamos la decisión de llevar a nuestro enfermo a un centro especializado en Alzheimer. Se ha pasado una durísima etapa en la que pensamos que no nos portamos bien, que parece como si te quisieras librar de la angustia de cuidarle. Todos pasamos por esa prueba, algunos con difíciles traumas morales o síquicos.

Pero luego, al cabo de un tiempo, te das cuenta que has entrado en un mundo nuevo, haciendo cierto aquello de que “Dios aprieta, pero no ahoga”

Y es que entras en una hermandad, la Hermandad del Triple Amor.

Triple porque sientes como el amor que sientes por tu enfermo se refuerza, aumenta, progresa…

Triple porque sientes el amor de los que, como tú, padecen el mal, y ves como tratan de ayudarte con su ejemplo, con su cariño constante, con su apoyo.

Luego entras en la Hermandad del Triple Amor: el que sientes por tu enfermo, por los que padecen el mal como tú y el de los cuidadores

Y triple por el amor que ves en los cuidadores profesionales, no sólo a los enfermos, sino también a sus familiares. Que están pendientes de nuestras ansiedades, de nuestras depresiones, tan frecuentes. Y que en cuanto aprecian el más leve síntoma vuelan para ayudarte. ¡Sí, vuelan; porque son ángeles caídos del cielo! Para estos ángeles no hay crisis, no hay ideologías ni partidos, ni razas; no hay cansancio. Sólo hay unos enfermos a los que cuidar y unos familiares a los que ayudar y, a veces, aguantar.

Eso. Eso es lo que encontré en la Residencia Boni Mediero, en la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Salamanca, Asociación sin ningún ánimo de lucro, muy sacrificada en estos tiempos de recortes, que lucha desesperadamente por mantener una actividad ejemplar, a unos profesionales de altísima calidad humana, que ven como las subvenciones se reducen considerablemente, o se suprimen, o no se conceden.

Y siguen ahí –seguimos ahí–, porque una vez “ingresados” en esta Hermandad del Triple Amor, ¡¡¡Ya no puedes, ni quieres salir!!!

DEDICATORIA

A todos los que forman la Asociación de

Familiares de Enfermos de Alzheimer

(Salamanca), los que, con su sonrisa

y el brillo de sus ojos, llenan el vacío

en el alma que nos deja tan terrible

enfermedad en los seres queridos.

A todos ellos,

que forman, conmigo, una

Hermandad del Triple Amor.

Triple por el amor conyugal o filial que nos une;

por el amor sacrificado que nos ata con más

fuerza a nuestros enfermos;

por el amor generoso de nuestros

cuidadores, siempre pendientes

de nuestro más mínimo desánimo.

 

 

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valcuevo colón

Pues ocurrió que a mediados del siglo XV tuvimos aquí un eremita, ¡sí, sí, un eremita!, que para vivienda escogió una oquedad, colgada sobre el Tormes unos 10 metros. Se encuentra esta cueva como a media legua aguas abajo de Villamayor y es muy pequeñita. ¡Yo creo que cinco personas tumbadas no cabrían en ella!

Sólo se tiene acceso a ella por una estrecha senda en el corte del río, entre zarzas y maleza, y no se la ve desde esta orilla. Únicamente desde la otra, y mal, por la vegetación que allí se da. ¡No resulta fácil verla, no!

Pues allí se descolgó aquel santo varón, iluminado por su éxtasis de soledad.

– ¿Y qué comía?

– Siempre hubo buenas gentes que le cuidaron en ese sentido. Los pastores le regalaban quesos… El que pasaba por allí algo le dejaba. ¡No debió vivir mal del todo!

Y más aún cuando se corrió la voz de que daba buenos consejos a quien los pedía a gritos desde lo alto del acantilado… Pronto comenzaron a venir mujeres y hombres preguntando por el bien de sus hijos, que guerreaban en Granada… Y él, por extraño privilegio, siempre les daba noticias acertadas. Al menos así se creía…

En el apogeo de la fama de aquel eremita de Valcuevo llegó a Salamanca un personaje entonces desconocido, pero que años después alumbraría al mundo con su nombre: Colón.

Colón fue llamado por el Claustro de Doctores de la Universidad y se le notificó su dictamen negativo, basado en los cálculos del radio del mundo, que ya los antiguos griegos realizaron, erróneamente interpretados por el navegante

Pretendía que la Universidad diese el visto bueno a su proyecto de llegar a las Indias por Occidente, condición previa para el favor Real. Y mientras los Doctores deliberaban sobre tan novedosa idea, algunos dominicos le invitaron a pasar un período de descanso o meditación en una finca que tenían cerca de Valcuevo.

Estando allí oyó Colón hablar del eremita. Una mañana, movido por la curiosidad, fue a visitarle, en compañía de algunos frailes.

Para sondearle, preguntaron qué oficio tenía el visitante, a lo que respondió que sin duda se trataba de un viajero empedernido…

-¿Y qué le queda por ver? – preguntó un fraile.

-¿Oh! Muchos países y gentes, con extraños atavíos. Raras bestias y aves…

-Decidme. Esas gentes que decís… ¿llevan sedas orientales? ¿Son sus ojos rasgados y el color de la piel amarillento o amorenado?

-¡No! Van casi desnudos y tienen rasgos no conocidos. Su tez no es de ese color que decís, sino más bien parda o rojiza…

-¿Y qué llevan en la cabeza?

-¡Plumas, señor! ¡Nada más que plumas!

-¿Y qué comen?

-¿Qué han de comer, señor? ¡Lo que pueden!

Al marcharse del lugar, uno de los frailes le preguntó a Colón:

-Y bien…, don Cristóbal, ¿qué os pareció el eremita?

-Un fantasioso. ¿Dónde se ha visto que haya gentes que se toquen tan sólo con plumas? ¿Y dónde están las tan cantadas riquezas de Las Indias, sus especias, y su oro? ¡No! No creáis las patrañas de ese impostor…

-Pero, sin embargo…, bien que adivinó que vos sois un viajero empedernido…

-Nada más fácil al oír mi acento balear, tan extraño para él…

Después de su famoso segundo viaje, el Gran Almirante de la Mar Océana recordó las visiones del eremita. La opinión d elos doctores de Salamanca no la olvidó jamás

Poco después Colón fue llamado por el Claustro de Doctores de la Universidad y se le notificó su dictamen negativo, basado en los cálculos del radio del mundo, que ya los antiguos griegos realizaron, erróneamente interpretados por el navegante. Según el informe, hoy perdido (posiblemente aposta), era imposible pertrechar ningún navío para atravesar la gran distancia marina que separaba, yendo hacia el oeste, a España de Las Indias o de Cipango. ¡Si al menos hubiese tierra conocida en medio!

Pero todo lo que entonces se sabía sobre el particular no eran sino leyendas sin ninguna base, consejas de viejos para asustar a los niños…

Es casi seguro que don Cristóbal Colón hiciese un parecido comentario sobre la Universidad de Salamanca como el que él calificó al eremita de Valcuevo…

Según parece, después de su famoso segundo viaje, el Gran Almirante de la Mar Océana recordó las visiones del eremita –la opinión de los Doctores de Salamanca no la olvidó ni perdonó jamás–, y quiso saber sobre él. Al cabo de un tiempo le informaron que fue encontrado muerto, en la cueva, pocos días después de su marcha de Salamanca…

– Preciosa historia, que no conocía. ¿Y qué fue de la cueva?

– Allí sigue. No volvió a ser habitada nunca más. Pero es curioso que no haya sido desde entonces cobijo de alimañas, y que se conserve limpia de malas hierbas y matorrales, sin que nadie se haya ocupado jamás de ella. Es como si aquel extraño visionario, cumplida su misión en este mundo, velase, desde el otro, por el aseo de su vivienda…

 

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mesa juliana

Una de las penas que conlleva la jubilación es tener que vaciar el despacho que tantos años se ocupó.

¡Cuántas cosas que se guardaron –por si hacían falta—se tiran! Otras, no se sabe donde guardarlas. Y otras, alguien las hereda.

Entre estas últimas están los muebles, y de entre ellos, sobresalía mi mesa

¿Mi mesa…? ¡Pero si no era mía! Yo la heredé y la usé durante 45 años.

¿Queréis saber de quién fue antes?

Pues fue de Julio Rodríguez Martínez.

Era un hombre impulsivo y muy enérgico y de ahí esa leyenda que le colgaron. Pero no me imagino a un ministro haciendo esas cosas

¿Que quién fue este personaje? Pues ni más ni menos que el ministro de Educación más revolucionario del siglo XX; el que cambió el calendario académico adaptándolo al anual. Lo llamaron el Calendario Juliano en su honor. Afortunadamente sólo funcionó durante tres meses, muriendo al mismo tiempo que el Presidente del Gobierno Carrero Blanco.

Dicen de él – yo no lo creo—que ante aquel magnicidio corrió a una comisaría para pedir un arma, suponiendo que se iba a armar la de San Quintín. Era un hombre impulsivo y muy enérgico y de ahí esa leyenda que le colgaron. Pero no me imagino a un ministro haciendo esas cosas.

Julio Rodríguez Martínez fue catedrático de Geología de la Universidad de Salamanca hasta 1965. Pero nunca explicó Geología; sólo Cristalografía, la única materia geológica que sabía. Recuerdo que una vez un antiguo alumno suyo me preguntó que qué iba a explicar ese día. “Volcanes” –le contesté. Y él dijo, todo extrañado, “Pero ¿eso se da en Geología?”.

En 1965 ocupó la cátedra vacante de Geología un verdadero geólogo: Antonio Arribas Moreno, que heredó el grandilocuente despacho y me trajo a mí a Salamanca, como su profesor adjunto.

Y en 1969, al inaugurarse el nuevo edificio de la Facultad de Ciencias, yo heredé la mesa.

¿Comprendéis ahora por qué he encabezado esta crónica con el nombre de Mesa Juliana? ¿Es que no merece ese nombre en honor del paradójico personaje que la adquirió y que dio el suyo a un esperpéntico calendario? Otro día os contaré anécdotas de los tres meses que duró.

La mesa juliana, durante los 45 años en que la disfruté, fue la envidia de muchos. No sé cómo, porque no se la veía, de tan ocupada como la tenía, oculta, llena de libros, papeles y hasta –en ocasiones—de tortugas fósiles, que tuvieron allí su restauración.

¿Qué será de ti ahora, mesa querida? ¿Quién te gozará? ¡¡¡Quiera Dios que seas apreciada por lo que vales, por tu belleza y por tu historia!!!

 

La mesa ‘Juliana’

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Una conocida empresa de grandes almacenes, la primera de España, nos ha regalado en estos días una magnífica exposición de trajes regionales salmantinos.

Allí hemos podido apreciar la riquísima tradición artesanal del hilo y la aguja en nuestra provincia, que en todo el mundo es conocida por sus bellísimos trajes charros, cuyo nombre es sinónimo de “recargados” por la enorme cantidad de adornos que porta…

Pero si nos parecen bellísimos, no significan nada al lado de un traje que vi no hace mucho, obra maestra sin igual, que lucía una niña de siete años.

La había realizado una mujer insigne de esta tierra, Agustina Criado, para sus nietas, cuando éstas aún no habían nacido.

¿Qué quién fue Agustina Criado? Nada más y nada menos que la fundadora de la Asociación del Traje Charro y también de la Ofrenda Floral a la Virgen de la Vega, que en el pasado septiembre cumplió su XXV edición.

¿Cuándo se va a hacer un merecidísimo homenaje a esta gran mujer?¿no debería implicarse en ello toda la ciudad, la provincia o incluso España entera?

¡Benemérita mujer, ejemplo a seguir, emprendedora, siempre llena de ideas generosas, que arrastraba consigo a todas sus amigas con su entusiasmo!

¡Y, al mismo tiempo, una desconocida grandísima artista, como lo demuestra el traje charro de su nieta!

¿Qué fue de ella? Hace muchos años fue tocada por el Dedo de Dios, por la Enfermedad del Olvido Sin Dolor: el Mal de Alzheimer.

Y aquella mujer, ejemplo de dinamismo generoso, quedó postrada en una silla de ruedas durante nueve largos años, hasta que Dios, que la había tocado con su Dedo, se la llevó un tres de febrero.

Pero ella, que lo había olvidado todo, no fue olvidada. Y un buen día de septiembre su nieta lució el maravilloso trabajo de su abuelita en la Plaza Mayor y en las Catedrales, causando la admiración de cuantos tuvimos la suerte de verla. Y entre todos los que la contemplábamos estaba, intangible, inseparable, acompañándola, su abuelita: la gran Agustina Criado, ¡la mayor artista del traje charro! Allí estaba ella, con su charrita del alma.

¿Cuándo se va a hacer un merecidísimo homenaje a esta gran mujer? Algo he oído de que lo tiene pensado la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Salamanca (AFA), pero… ¿no debería implicarse en ello toda la ciudad, la provincia o incluso España entera?

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Qué sí! ¡Qué sí! ¡Que soy yo! ¡Emiliano “el de las tortugas”!

Soy quien primero te habló de geología; el que te “martirizó” con los “tarugos”; el que te suspendió –merecidamente ¿noo?– o te di buena nota; el que disfrutó explicándote, a ti y a tus hijos, la Sala de las Tortugas; el que quiere aliviar tu pena, tu angustia, ante la enfermedad de tu ser querido; soy tu amigo.

Y… ¿qué hago aquí? Pues… lo que he hecho siempre. Ayudar. ¿Bien o mal? El tiempo y vosotros lo diréis… ¿Bien? Pues entonces aquí seguiré hasta que me echen o no pueda más. ¿Mal? Pues decídmelo, para hacer mutis por el foro…

Quisiera que fueseis benévolos conmigo. Tened en cuenta que ya no tengo la energía de entonces. ¡Me jubilé! ¿Quiere eso decir que mi mente no sirve ya para nada, por un simple trámite burocrático?

Tened siempre en cuenta lo que voy a deciros. Muchos jubilados se atrofian rápidamente, en muchos casos por el trato que reciben, como si fuesen trastos que no hay que tener en cuenta. No quieren que les tratéis con esa “dulzura” con que les acogéis. Tratadles como antes. Que no se sientan “jubilados”.

Muchos jubilados se atrofian rápidamente. No quieren que les tratéis con esa “dulzura” con que les acogéis. Tratadles como antes. Que no se sientan “jubilados”

No se me olvida la última conferencia que pronunció un gran hombre: D. Fernando Galán. ¿Os acordáis de él? Llenó muchos años de la vida universitaria salmantina con su exquisita educación, su saber estar, su sabiduría. Aquella conferencia –recuerdo que era un homenaje a Mendel– fue un fracaso y él se dio cuenta de ello. Al terminar estaba hundido y no hubo forma de levantarle la moral.

Pues eso mismo les pasa a muchos jubilados, simplemente por el trato que se les da. ¡Tenedlo en cuenta!

Me diréis que hay unas Asociaciones de Mayores que se preocupan del asunto. Cierto. Y muy bien. Organizan muchos actos culturales, conferencias, muchas cosas…

¡Pues no es bastante! Ellos requieren que les tratéis como siempre: con un cariño menos pegajoso; que les preguntéis cosas como si dependiese todo de ello. Aunque no sea así, pero que ellos se sientan útiles. Y al mismo tiempo… ¡qué a gusto os vais a sentir!

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