Authors Publicaciones porEmiliano Jiménez

Emiliano Jiménez

180 Publicaciones 0 Comentarios
Geólogo. Paleontólogo. Profesor jubilado de la Universidad de Salamanca. Conocido por su dedicación a los quelonios fósiles; es el fundador de la Sala de las Tortugas, que desde 2013, al celebrarse su XXV aniversario, lleva su nombre.

4

Hay personas de las que es grave falta olvidarse. No a nivel personal, que de esas todos las tenemos y desaparecen con nosotros.

0
Uno de los bloques de arenisca con el “lagarto” de Villamayor.

Corría el 10 de noviembre de 1981. En la prensa aparece una curiosa noticia, con foto, titulada “El lagarto de Villamayor”. Dice que en el “curioso y valioso museo” del gran Medes se pueden ver los restos “de un pequeño saurio o sauria, vaya usted a saber”. Y al periodista, (H.), “le da en la nariz que este fósil reviste gran interés científico que esperamos se defina por los doctores de la Facultad de Ciencias, naturalmente previo su minucioso examen”.

¿Cómo no aceptar el reto? Y a Villamayor nos fuimos, al día siguiente, Jorge Civis y el que esto escribe, para tratar de resolver la cuestión.

¡Nicomedes de Castro, Medes! ¡”El charro más charro”! Tamborilero; un personaje singular, de esos que deberían ser eternos. ¡En este año hubiese cumplido los cien! Por él fuimos agasajados; nos llevó a su casa, donde había instalado un original museo en el que había de todo lo que había guardado a lo largo de su vida: su habitación matrimonial, objetos de cantería, de labranza, una taberna, partituras de sus zarzuelas, todo originalísimo y conservado con un gusto que para sí quisieran muchos “museos” etnográficos. Y, sobre todo, amenizados por su gracia arrebatadora, campechanía y buen humor…

En un rústico banco de madera, de aquellos que había antes en todos los hogares pueblerinos, había colocado, sin orden, los bloques de arenisca origen de la noticia, que contenían gran cantidad de huesos y placas de cocodrilo que, de inmediato, determiné como de un Diplocynodon de talla pequeña.

De regreso a Salamanca, al día siguiente escribí un informe sobre el particular que fue publicado en el mismo periódico el 14 de noviembre y que fue retomado por la prensa nacional. ¡No era para menos! Se trataba de la primera noticia, digamos pública, sobre la presencia de cocodrilos por estas tierras de la piel de toro.

Digo pública y no científica, porque el hecho ya estaba registrado nada menos que en 1873, de la mano del famoso Juan Vilanova, de quien algún día os hablaré, en la localidad zamorana de Sanzoles.

Diplocynodon fue un cocodrilo fluvial –¿es que no lo son todos? ¡Pues no! También los hay marinos y los hubo corredores, los reyes de la selva hace 40 millones de años, los terribles Iberosuchus—que fue muy abundante por los cauces tropicales del Eoceno en Europa Occidental.

El cocodrilo de Medes debió sufrir, muerto, un transporte muy corto por el fondo del río. Al descubrirse en una cantera cercana al Tormes mostraba –muestra—muchas placas enlazadas.

           El cocodrilo de Medes debió sufrir, muerto, un transporte muy corto por el fondo del río. Al descubrirse en una cantera cercana al Tormes mostraba –muestra—muchas placas enlazadas. Parece ser que intentaron extraerlo por las buenas y ¡claro! se deshizo en bloques. ¡Qué ocasión perdida! Lo que estaba en el museo de Medes puede que fuese lo más abundante, pero había más fragmentos desperdigados por las casas de Villamayor y ¡sabe Dios donde más! Se indagó y se obtuvieron unos buenos bloques, más pequeños, que tenía entonces el farmacéutico, cuyo nombre no recuerdo. Con ellos y con mucho más material que había en la Sala de las Tortugas de la Universidad, Santiago Martín de Jesús y Francisco Javier Ortega leyeron sus Tesis de Licenciatura en 1986 y 1990. Pero el valioso material que tenía Medes no fue nunca publicado, pese a haber sido visto por varios especialistas españoles y norteamericanos, al estar en una colección particular.

Al cabo de tantos años, volví a ver alguno de aquellos bloques de Medes en la XIV Feria de la Piedra de Villamayor, celebrada a mediados de mayo de este año. Y tuve el placer de conocer al hijo del gran Medes, Ángel de Castro, que me indicó el deseo de su padre de llevarlos a la Sala de las Tortugas, su “sitio natural”.

¡Y allí están ya, reposando en una vitrina, numerados con las siglas 14184 a 14193! ¡Visitantes y curiosos de estas cosas, no sufráis una decepción cuando lo veáis! Ahora están, digamos, en su estado bruto. Hay que restaurar y embellecer estas piezas, descubriendo la parte que no se ve de las placas, lo que llevará bastante tiempo. ¡Pero merecerá la pena! Una foto del gran Medes acompañara a los fósiles que tanto amó.

Y aprovecho para hacer una llamada de atención a los villamayorenses. Hay mucho material inédito en algunas casas. Yo he visto algunas y me han hablado de otras. No tienen ningún valor y se están estropeando. ¿Por qué no las ponemos en la misma vitrina donde están las de Medes, y la llamamos “la de Villamayor”? Hacedlo así. ¡Qué no haya que esperar 33 años para hacerlo!

Nicomedes de Castro (1914-1998)

Nicomedes de Castro (1914-1998)

— oOo —

2

Que  Galicia es tierra de meigas es cosa que todos sabemos.

0

Dicen que no tuvimos nada. ¡NADA! Pues yo, que lo viví, creo todo lo contrario. Tuvimos cariño, imaginación, amigos… Teníamos ganas de que llegase el sábado para ir al cine de sesión continua; nuestros juegos callejeros, dola o pídola, las canicas, las chapas, los cromos, el taco o el clavo, las tabas, la sempiterna peonza y el aro, los recortables. Y –para mí, lo más importante—sobre todo ello, teníamos los tebeos.

Porque yo aprendí a leer en ellos. Antes de que, a mis cuatro añitos, fuese a mi primer colegio, donde me enseñaron a escribir, ya sabía el significado de aquellas letras que aparecían en los “bocadillos” de las historietas del “Chicos”. Era ésta una publicación semanal que tenía siempre en casa y que mis hermanos Pepe, Petri y Joaquín se empeñaron en que comprendiese por mí solo. Como yo de pequeño era muy listo aprendí muy pronto y les leía los cuentos a mis amiguitos. ¿Os acordáis, Felipe, Jesús, Luis?

Y he recordado siempre aquellos tiempos del “Chicos” y del “Dumbo”, con más gratitud que nostalgia. ¿Qué decir de la publicación que dio nombre a toda esta literatura, el TBO? En mi casa no gustaba entonces y sólo algunas veces alguien nos dejaba algún número. Después vinieron “El Guerrero del Antifaz” y una lista interminable de aquellas publicaciones que animaron aquellos años que ahora llaman tristes, pero que no lo fueron.

¿Teníamos dinero para tantos tebeos? ¡Pues no! Pero en muchos estancos, piperas, cacharrerías, se intercambiaban los ya leídos por otros, por el módico precio de 5 o 10 cts.

Pero el tiempo pasa y con él, las preferencias. Se popularizaron aquellas novelas (“noveluchas” diría alguien) de bolsillo, las que se vendían o se cambiaban en los quioscos. Las más famosas, las del “Coyote”. Las había del Oeste, de amor, del futuro… Todo el mundo las leía en el metro, en el autobús, por la calle…

¡Límpiate de tus prejuicios y contémplalos como un arqueólogo sus industrias líticas! Y volverás a sentirte como entonces, niño, lleno de maravillosa inexperiencia y con los ojos abiertos a todo lo que la vida ofrece

Y llegó la colección Pulga, cuyos números costaban 1,50, 2,50, 5 u 8 pesetas. ¡Cuánto debemos los españoles a aquél impulso editorial que nos la dio! ¡Debería hacérsele un monumento!

Pero volvamos al “Chicos” de mis primeros pasos. Hace no mucho releí algunos ejemplares. ¡Cuánto me han cambiado los gustos! Y es que ¡ha dado tantas vueltas el mundo! Parece como si aquel recuerdo tan grato fuese como una pompa de jabón que, de pronto, revienta.

Pero luego repensé y comprendí que había que mirar el pasado de otra manera. Y sus viñetas volvieron a ayudarme a revivir aquellos felices días de mi infancia, en que corría para llegar a casa y verlas, recrearme y vivir sus exóticas aventuras en el Tíbet, en el Oeste, donde fuese…

Hoy los guiones me parecen superficiales y sus dibujos, esquemáticos, salvo los del gran Emilio Freixas y el incomparable Jesús Blasco, con mi héroe favorito: Cuto. ¡Límpiate de tus prejuicios y contémplalos como un arqueólogo sus industrias líticas! Y volverás a sentirte como entonces, niño, lleno de maravillosa inexperiencia y con los ojos abiertos a todo lo que la vida ofrece.

Yo he sentido eso con aquellos tebeos. Busque cada cual sus motivos (cine, cromos, lo que sea) para recordar y revivir. ¡No los enjuicies con tus ojos de ahora! ¡Vuelve a tu infancia! ¡Y no analices ni busques aquello que la terminó! ¡Sé niño por un momento feliz!

— oOo —

4
diplodocus

Cuando era niño mis papás me llevaron muchas veces al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, en el Alto del Hipódromo, donde trabajaba un conocido suyo.

3

Sabéis lo que es un coprolito? ¡A qué no! Muchos no ignoran que “litos” es “piedra: de ahí viene litografía, litosfera, aerolito, litoral… Pero… ¿y “copro“?

Pues “copro” es excremento, caca, m… Coprolito es, por tanto, etimológicamente “caca de piedra o petrificada” ¿Noo?

¡Pues no! No es eso. No.

El objeto de estudio en cuestión –¿pero hay alguien que estudie… eso? ¿Hay una “coprología”?—se pudre siempre, absolutamente siempre. No se puede conservar, ni transmutar. ¡Gracias a Dios! Pero puede quedar, primero, cubierto de polvo o barro, y luego enterrado. Y se pudre, sí, pero bajo tierra, dejando un hueco vacio donde antes estaba la repugnante substancia. Y por las paredes del molde se puede filtrar, a lo largo del tiempo, agua con un mineral disuelto o en suspensión, que al depositarse en la oquedad, conserva la antigua forma del excremento. El mineral así formado, con aspecto aleatorio, suele tener una compacidad mayor que el sedimento que le contiene, por lo que, con la erosión, puede quedar como un canto aislado.

Explicado el proceso, podemos redefinir la etimología del coprolito como “contramolde petrificado de excremento”. Es correcta la definición del diccionario de María Moliner (“fósil de excrementos”), pero incompleta…

No es raro que en su superficie se conserven mordiscos de insectos o de peces, como pequeños cráteres circulares.

——-

En mayo y junio de 1987 se celebró en la Sala del Cielo de la Universidad de Salamanca una maravillosa exposición que, bajo el título de “Minerales y Fósiles”, organizaba por toda España una conocidísima empresa hidroeléctrica. En Salamanca alcanzó la más alta cota de asistencia.

¡De pronto, algo llamó mi atención! Me acerqué el coprolito a un ojo y ¡vi una huella de ave impresa en él! Reconozco que únicamente yo, por mi agudo defecto visual, era capaz de descubrir aquello. Se trataba de un coprolito de forma aplastada

A mediados de junio el director de dicha Exposición, Santiago Jiménez García, acompañado por Santiago Martín de Jesús y el que esto escribe, visitamos un punto de interés paleontológico en el Teso de la Flecha, entre Cabrerizos y Aldealengua, donde se sabía que había coprolitos. Yo por entonces no veía apenas, por lo que mi actividad se reducía a envolver lo que los demás extraían de la roca. ¡De pronto, algo llamó mi atención! Me acerqué el coprolito a un ojo y ¡vi una huella de ave impresa en él! Reconozco que únicamente yo, por mi agudo defecto visual, era capaz de descubrir aquello. Se trataba de un coprolito de forma aplastada que, además, mostraba un surco irregular en su parte inferior, como si el excremento, muy blando, hubiese caído sobre una ramita en el suelo.

Al día siguiente este singular coprolito figuraba en una vitrina de la exposición y fue objeto de una nota de prensa. Hoy figura entre los tesoros de la Sala de las Tortugas.

En octubre de aquel año 1987 se llevó a la X Feria Internacional de Minerales y Fósiles, de Bilbao, donde la Universidad de Salamanca presentaba un “stand” con los últimos hallazgos de sus excavaciones paleontológicas. Me correspondió a mí el honor de presentarlos a las autoridades, entre las que estaban el alcalde de Bilbao y el presidente de la Diputación. ¡Qué carcajadas les arranqué al mostrarles el ya famoso coprolito!

En aquella ocasión se me ocurrió ponerle un nombre: Coproichnopteryx (de “ichnos”, huella, y “pteryx”, ave).

No había otro ejemplar con esta característica en el mundo. Y digo bien: no lo “había”, porque el pasado 17 de mayo de este 2014 Carlos Bernabéu me hizo entrega de otro coprolito que también está pisado y que ya está en la vitrina de la Sala de las Tortugas, al lado de su compañero. Este Museo se precia, por tanto, de poseer los dos únicos ejemplares pisados conocidos en el mundo.

Pero de este segundo coprolito os hablaré otro día, y os vais a quedar fascinados por la extraordinaria historia que nos cuenta. ¡Ya veréis, ya!

— oOo —

0

Me preguntan algunos lectores que de donde saco esa “chispa” para escribir. La respuesta  es muy sencilla: ¡es que yo soy chispero! ¡Chispero de San José!

3
Iberosu dinosaurios

Quién se imagina nuestro paisaje tan cambiado? Con tupidas e impenetrables selvas tropicales, ríos caudalosos, lluvias cerradas y  extraños animales pululando de acá para allá.

Pues así era esto hace 40 millones de años. Nos lo dicen los fósiles que en estas tierras se han encontrado.

Trasladémonos mentalmente a ese remotísimo  pasado, no como suele hacerse, imaginando un paisaje amplio, a vista de pájaro. Si nos ceñimos a un punto concreto, Villamayor, y nos subimos a un alto árbol –como si fuéramos uno de aquellos monitos de entonces—veríamos un estrecho valle alargado, flanqueado al oeste por fragosas colinas y al este por un acantilado vertical. Desde su borde contemplaríamos un ancho río ondulante de achocolatadas aguas y, oreándose en sus estrechas playas, numerosos cocodrilos y racimos de tortugas.

En un claro de la selva ramonean unas achaparradas bestias de diverso volumen, todas con cuerpo rechoncho y cortas patas. Y de pronto, la bucólica paz de la escena se rompe, al salir de la tupida floresta unos horrorosos diablos, corriendo como locos tras los empavorecidos herbívoros.

Si pudiésemos enfocar con poderosa vista aguileña veríamos que estos satánicos predadores, corredores a dos patas, saltan al lomo de sus presas y muerden con gigantesca boca su cuello.

Pronto cesa la algarabía. En el calvero sólo quedan los matadores desgarrando su pitanza y, rodeándoles, otros diablos más pequeños, intentando apañar algo. No tardan en llegar los gigantes carroñeros, pesados y torpes, rugiendo y reclamando aquello a lo que creen tener derecho, no por su velocidad, sino por su fuerza y peso… Y se suceden las luchas por la comida, horribles combates  entre estas extrañas criaturas, de cuerpo lleno de picos, bocas espantosas, garras afiladas, rugidos horrísonos, sangre por todas partes, muerte…

———-

¿Lo habéis percibido, a través de mi mente y de mis ojos?  Pues no es producto de mi imaginación, sino de mi experiencia. Las cosas debieron pasar, más o menos, así hace 40 millones de años.

Iberosuchus fue el último cocodrilo terrestre de la historia del planeta. Fue barrido por la competencia de los Carnívoros y otros mamíferos predadores, cuando estos llegaron con los cambios climáticos y geográficos, hace unos 30 ó 35 millones de años

Los que aquí he llamado diablos fueron unos terribles cocodrilos corredores que Miguel Telles Antunes llamó Iberosuchus macrodon, de los que corporalmente se han dado algunas interpretaciones. La mía es algo diferente a la que magistralmente ha plasmado el artista Mauricio Antón siguiendo instrucciones de Francisco Javier Ortega. En mi opinión corrían sobre las dos patas traseras y su cola era gruesa y corta.

Lo más destacado, lo que sirvió para saber que aquí había algo diferente, es su dentadura. Sus dientes, reptilianos, poseen dos carenas de pequeñísimos dentículos, a modo de cuchillos-sierra. Son exactamente iguales a los del gran Tiranosaurio, pero de un tamaño diez veces menor. Sus ojos son estereoscópicos, no periscópicos, y su nariz está delante, no sobre la tabla craneal.

Iberosuchus fue el último cocodrilo terrestre de la historia del planeta. Fue barrido por la competencia de los Carnívoros y otros mamíferos predadores, cuando estos llegaron con los cambios climáticos y geográficos, hace unos 30 ó 35 millones de años.

Pero… ¿de verdad vivió este superpredador en Villamayor? Pues sí. Precisamente de aquí es el mayor diente de Iberosuchus  que se ha encontrado, de una longitud de 6 cm. ¿Cuánto mediría, de pie, este portento? Quizá 4 metros. Fue entregado por Enrique de Sena a la arqueóloga Socorro López Plaza y ella me lo pasó a mí. Puede verse en las vitrinas de cocodrilos de la Sala de las Tortugas de la Universidad de Salamanca.

Otro día hablaré más de este “risueño” reptil. Y del otro cocodrilo villamayorense, el Diplocynodon tormis. Éste sí era de río, como Dios manda hoy, pero no ayer; y, ¡cómo no!, del ejemplar que tenía el gran tamborilero Medes y otras historias. Pero eso… será otro día.

— oOo —