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Lorenzo Sentenac

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Nací en Salamanca, y en esta ciudad realicé mis estudios de Bachillerato (en el Fray Luis) y Licenciatura en Medicina. Hoy trabajo de médico en Toledo, así que puedo decir que he gozado y gozo de dos de las ciudades más bellas y “mágicas” de España. Hace poco, coincidiendo con la crisis, he empezado a colaborar con algunos artículos en prensa

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Sin quitar un ápice de seriedad al asunto, cuyas consecuencias ni unos ni otros han sabido calibrar con acierto (y cuando hablo de “unos y otros” y tiro del hilo de la madeja hacia su cabo lo que encuentro son unos políticos corruptos a los que les conviene tapar sus fechorías), creo que el humor es siempre el mejor antídoto contra situaciones que han superado el umbral del mal rollo.

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De vez en cuando el Estado mínimo da un discurso. Y hasta parece de verdad, de carne y hueso, casi lo puedes tocar frente a ti, a dos palmos de tu sopa de fideos.

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Como decíamos ayer, tras un breve paréntesis menos ancho que profundo (casi un abismo), estamos donde estábamos. Es decir, al principio.

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Era de suponer, visto el derrotero que han ido tomando nuestra política, nuestra economía, y demás altas instituciones a juego (decorosas por supuesto), que llegaría un momento, como de hecho ha llegado, en que allí arriba, en la estratosfera del poder, no habría nadie con autoridad moral para inspirar una pizca de confianza.

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Pienso a veces que la aceleración del tiempo puede ser ilustrada y demostrada por dos hechos igualmente deprimentes: el ritmo de extinción de las especies vivas, y el ritmo de extinción de los juegos infantiles. Si lo midiéramos por estos raseros, la velocidad de los tiempos que nos ha tocado vivir, la aceleración hacia el futuro, sería una deriva decadente y mas bien triste.

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Entre efectos deletéreos y daños colaterales nuestra civilización, que ya es global, avanza imparable derribando todo tipo de fronteras: físicas, económicas, e intelectuales.

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Yo me inicié en el goce de la lectura con la misma falta de seriedad que en el goce de las piernas, es decir, por instinto. Guiado más por el principio de placer que por el principio de realidad.

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Uno piensa con esa lógica profana y virgen de los ciudadanos de a pie que lo primero que debería haberse preguntado a Rajoy cuando fue a declarar como testigo ante la Audiencia Nacional es por su mano izquierda, si la llevaba encima o si la había dejado en casa.
Y en caso de que no la hubiera olvidado en casa, si su mano izquierda había pasado sin dificultad el escáner de la puerta de acceso a los juzgados y demás controles de seguridad.

Lo digo porque en la conversación grabada al ex ministro Jorge Fernández Díaz en su submundo de las cloacas estatales (concretamente en conversación con el director de la Oficina antifraude en  Cataluña), Rajoy es descrito como ambidiestro a la par que manco, y anfibio a la par que presidente, sabe de las cloacas pero no por ello pierde el color. Sabe y dice no saber.

Si hemos de creer al ex ministro de las catacumbas, Rajoy vive desdoblado, y su mano derecha ignora lo que hace su mano izquierda, a pesar de que duermen juntas.

La frase grabada al vuelo en aquel tugurio antidemocrático donde se cocinaban informes que apestan fue en concreto:
“El presidente del gobierno lo sabe…. pero…. vamos a ver…. su mano derecha no sabe lo que hace su mano izquierda”. Es decir, el presidente sabía y sabe lo que se cocinaba allí.

Palabra de ex ministro.

Lo que empeora el pronóstico es que cuando ese submundo aflora a la superficie se acepta ya con total normalidad y sin demasiados escrúpulos, porque de algún modo estamos convencidos de que no damos para más ni nos merecemos otra cosa.

Evidentemente todos sabemos que la frase de Jorge Fernández Díaz en relación a su presidente es una forma de hablar, que traducida significa que Rajoy sabe de sobra y un poco más, pero se hace el tonto. Y al mismo tiempo el listo, o incluso el gracioso.
Y todos sabemos que cuando Rajoy le escribía a Bárcenas: “Sé fuerte, hacemos todo lo que podemos”, no se estaba refiriendo a un mal catarro y a que el fiel amigo presidencial estuviera preparando a toda prisa una tisana para su infiel tesorero constipado.

Sin embargo, la impunidad da mucha seguridad y empaque en las respuestas a un juez, o incluso deja un resto para la ironía (he ahí a un presidente del gobierno riéndose del resto de los ciudadanos). Por eso sobre esos mensajes intercambiados con su protegido y amigo Bárcenas, ha podido decir en su declaración: respondí a sus mensajes, “eso es todo”.
Que no es poco, diríamos nosotros, dado el carácter de la respuesta y lo que ya se sabía.

Siendo todo esto grave y síntoma inequívoco de una fatal enfermedad, lo que ya definitivamente empeora el pronóstico, es que cuando ese submundo aflora a la superficie (y lo hace con inusitada frecuencia, dada la plétora de inmundicia) se acepta ya con total normalidad y sin demasiados escrúpulos, porque de algún modo estamos convencidos de que no damos para más ni nos merecemos otra cosa.

Con cada una de estas patéticas manifestaciones de anormalidad (y llevamos unas cuantas) vamos sumando puntos hacia no se sabe qué premio final.

Yo diría que estamos ya en una fase depresiva y avanzada del mal que sin remedio conduce a la resignación y la ironía como lenitivo opiáceo.

Mal asunto.

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Uno de los mayores logros intelectuales de nuestro tiempo, sin contar con el hallazgo del bosón de Higgs, es la recuperación del término “populismo”.

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juan jose aliste terrorismo víctima aliste

Fueron momentos que rompieron con la inercia de un hartazgo. La gran mayoría de españoles sentimos el asesinato de Miguel Ángel Blanco como una tragedia cruel y próxima, para nada distante, para nada ajena.