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Lorenzo Sentenac

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Nací en Salamanca, y en esta ciudad realicé mis estudios de Bachillerato (en el Fray Luis) y Licenciatura en Medicina. Hoy trabajo de médico en Toledo, así que puedo decir que he gozado y gozo de dos de las ciudades más bellas y “mágicas” de España. Hace poco, coincidiendo con la crisis, he empezado a colaborar con algunos artículos en prensa

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El triunfo de Pedro Sánchez ha supuesto una inyección de ilusión para muchos militantes socialistas. Me refiero a los militantes que no abandonaron, decepcionados, ese proyecto, porque lo cierto es que han sido muchos los que sí lo hicieron, y o bien perdieron todo interés por la política o recalaron y prestaron su apoyo a otras formaciones. Por ejemplo Podemos.

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El universo es antes que nada y además de muchas cosas más, “grande”. Creo que se lo escuché decir hace poco a Stephen Hawking en un documental.

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Como el ataque feroz, no contra la corrupción sino contra la moción de censura contra la corrupción (un auténtico delirio), roza ya la histeria, si no es que roza la campaña mediática por tierra, mar, y aire, es preferible tocar, aunque sea de pasada, temas tangenciales, o si se prefiere paralelos a la corrupción gobernante, que nos permitan orearnos de tanta tensión como produce la represión de la verdad y del ello.

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Si hay algo que hoy ya no sorprende a nadie es la propia sorpresa.  Vivimos un tiempo en que las sorpresas se suceden y se fecundan unas a otras. En que la sorpresa es ya costumbre infalible, y también impredecible.

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Así como nuestro dinero es hoy un objeto piroclástico que cuando te has querido dar cuenta ha entrado en erupción y se ha dado a la fuga, y no te queda otra que aporrear cacerolas (el aporreo de cacerolas es un síntoma ubicuo de la modernidad globalizada), nuestra política también es piroclástica, y la más avanzada incluso de plastilina volátil.

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Una vez fracasada la “revolución” ultra de Ronald Reagan, Margaret Thatcher, y Tony Blair (con el apostolado fiel de Felipe González), que ha degradado las instituciones hasta extremos de corrupción en cierta manera previsibles, dado el relajo que se predicaba (laissez faire, o sea vivalavirgen); que ha propiciado la crisis económica, social y política, más grave después de la gran crisis de los años treinta (en ese sentido hay que reconocerles que han hecho historia); y que ha puesto en riesgo la democracia y el proyecto europeo (esto es más grave)… tenemos que preguntarnos qué hacemos ahora.

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Que dicen los que de esto dicen saber (yo solo sé que de esto no sabemos aún ni la mitad), por ejemplo El País, que el espectáculo lo está dando “Podemos”, y que si gobierna Rajoy es gracias al apoyo que le presta esta formación radical. Así como lo oyen. Un cuento chino para occidentales libres, propalado entre adultos y a plena luz del día.

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Que ante la magnitud de la corrupción que rezuma por todos sus poros nuestro desgraciado país, la respuesta indignada se considere excesiva, o incluso una falta de decoro, cuando no una injustificada rabieta infantil guiada por el odio, nos da una idea de la tropa de melifluos consentidores en que nos hemos convertido.