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Alucinando

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La posverdad, no sé qué pensar sobre la verdad y sus postrimerías. Si las actuales turbulencias que vivimos, no solo políticas sino también mentales, significan que estamos atravesando en modo barrena las fronteras del futuro, la pregunta que se impone sin duda es la siguiente: ¿Qué futuro nos aguarda al otro lado, visto lo visto y como tiembla todo?

Si es que alguien lo sabe -esa es otra- porque parece un signo de los tiempos que sobre el futuro que se nos viene encima todo se ignora y todos los pronósticos fallan.

Vivimos en la abrumadora certeza de la incertidumbre, como si la Historia hubiera adquirido de repente el movimiento caótico de las partículas elementales, sin alma y sin voluntad, un movimiento browniano tontamente entregado a una danza salvaje con el azar, y a la que ni siquiera la ley de los grandes números le da una mínima apariencia de orden o conjunto.

Vamos globalizando, pero de momento lo que se va globalizando es el desorden. La humanidad es ya masa globalizada que arrastra en su marea imparable a los individuos, o desplaza pueblos enteros de un sitio para otro, como cardúmenes desesperados, y los mismos medios de información son también ya medios de masas que los compacta, iguala y confunde. Y algo semejante podemos decir de la  economía ya solo macroeconómica, nunca antes tan ajena al factor humano.

Las redes de información y datos, los múltiples intercambios de innumerables chats, los flujos y reflujos de sucesos veloces, constituyen ya una irrefrenable corriente de diminutos corpúsculos, que describen entre todos una danza sinuosa similar a la del fuego.
Todo es volátil y se consume en un instante, o se apelmaza en oscuros grumos de materia informe, después de abrasarse. Nada puede enraizar.

Como todo se consume y desaparece velozmente, y apenas permanece después de nacer, y como un futuro voraz engulle a cada instante cualquier pasado y cualquier presente, el mundo nace cada día y la verdad se inventa y se destruye en un solo acto instantáneo, como esa materia exótica que en el acelerador de partículas traza y dibuja una huella fantasmal.

Leo sobre la sorpresa, un tanto estupefacta, pero muy comprensible, que se ha llevado nuestro astronauta Pedro Duque al enterarse de que un youtuber español con 90.000 suscriptores y millones de visitas, sostiene que la Tierra es plana.

Hablamos de España, un barrio periférico de Europa, sí, pero aun así primer mundo. Tan primer mundo que incluso produce algún astronauta.

Y el youtuber en cuestión defiende su creencia (para él verdad empírica) en base –según dice- a la observación y el método científico, aunque también (y esto ya da solidez definitiva al argumento) porque así lo dicen 30 versículos de la Biblia. España, Europa, siglo XXI.

Esa no es la noticia que debería alarmarnos. La noticia que ha dejado escamado a nuestro astronauta (y a mí también) son los noventa mil suscriptores y los millones de visitas, en cuanto puedan suponer una cata en un monstruoso iceberg que crece insospechadamente bajo nuestra superficie.

Si alguien sospechó o temió, a la vista de lo vivido últimamente, que la posmodernidad surgida de dilapidar mucho de lo conseguido con paciencia y esfuerzo, alumbraría un territorio nuevo sobre tierra quemada donde pudiera florecer, entre bolas de naftalina, lo más rancio y monstruoso de nuestro pasado, parece que acertó.

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