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– Sobre lo que me explico ayer de las rocas volcánicas hubo algo que me tiene intrigado…

 

– ¿Algo? Serán muchas cosas. Porque lo que le dije es apenas un esquema muy elemental que sirvió para evidenciar la diferencia entre las rocas ígneas que los petrólogos clasificaron como ácidas, básicas y ultrabásicas. ¿Qué es lo que le llamó ayer la atención…?

– Pues… ¿cómo se forman los focos volcánicos? ¿Dónde? ¿En cualquier sitio?

– ¡Veo que piensa! Los focos se originan en puntos donde la temperatura y, o, la presión son muy grandes. El porqué fue un problema insoluble durante mucho tiempo. Le voy a explicar brevemente los avances en su conocimiento…

– Le escucho…

– En realidad la cosa se inició a partir de la evidencia de las teorías de Wegener sobre el desplazamiento de los continentes. Muchos investigadores lanzaron varias hipótesis para explicarlo, desde las de Arthur Holmes en 1931, y otros. Propusieron que en el Manto había unas corrientes de convección similares a las que se dan en un líquido cuando se calienta en un matraz…

2 copia-¡Pero el Manto es sólido, no líquido!

– Sí. Pero vuelvo a decirle que todo es relativo. Hoy ya nadie duda de que sea así… El siguiente paso importantísimo se produjo en 1960, cuando Hess enunció su teoría sobre la expansión de los fondos oceánicos. Ya se sabía que en medio del Atlántico hay una cadena montañosa sumergida, la dorsal oceánica, que sólo aflora en Islandia. Su eje es una alargada grieta, como una boca gigantesca y alargada, de cuyos labios se derraman, cada vez que se abren un poco, torrentes de lavas basálticas. Esta es la causa de la separación continua entre Europa y América. Las dorsales coinciden con las zonas donde ascienden las corrientes de convección. Se forman, por tanto, focos térmicos que, con las grandes grietas de tensión, producen un vulcanismo de fisura, visible en Islandia.

– O sea: primero, que la corteza sí puede ser volcánica; y segundo, que en el Atlántico dicha corteza cada vez es mayor. Debe haber, por tanto, alguna zona donde se reduzca, porque si no, el planeta se hincharía como una fruta en la que la piel aumentase y la parte, digamos, comestible, no.

– Efectivamente. Son las zonas de subducción, las fosas tectónicas. Allí la corteza oceánica -llamémosla así- se sumerge bajo la corteza continental u otra oceánica, y subduce, es decir funde pasando a ser parte del manto… Por supuesto, coincide con las zonas en que las corrientes de convección son descendentes. El flujo térmico aquí es negativo y, por tanto, el origen de los focos volcánicos en estas zonas no es propiamente el calor sino la inmensa presión producida por el choque entre placas.

– ¿Placas? ¿Se refiere a las placas tectónicas, de las que tanto se oye hablar?

– ¡Eso es! Son fragmentos de litosfera limitadas por las fosas tectónicas y por las zonas de subducción, cerradas por las llamadas fallas transformantes…

– ¿Transformantes? ¿Qué transforman?

– Digamos que son un tipo de fallas en las que el desplazamiento es horizontal. Son de gran longitud y están rotas por otras fallas menores, perpendiculares. Yo supongo que se las llama así porque en ellas ni se crea ni se destruye corteza…

– Todo esto ya lo había oído. De vez en cuando es difundido por los medios, en reportajes que hablan de nuevos descubrimientos. Pero quería que me lo contase brevemente. Y entonces… ¿el esquema que me hizo ayer sobre los tres tipos fundamentales de vulcanismo? ¿Hoy no es válido?

– Yo no diría tanto. Lo que hay que hacer es explicarlo así, y luego modificarlo como acabo de hacerlo. El vulcanismo básico sería característico de las fosas tectónicas, y el ácido de las zonas de subducción… Pero, naturalmente, dicho así es simplicísimo. Cada caso, como en todo, es diferente a los demás… Y la cosa se complica por los “puntos calientes“, las plumas ascendentes del manto inferior… La petrología ígnea es una ciencia viva, cuyo futuro es siempre fascinante…

– ¡Como todas las ciencias, amigo mío! ¡Como todas!

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