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Guías de museo

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– Me impresionó lo que me contó ayer sobre las columnas del templo de Pozzuoli.

 

– No es para menos. Pocas veces se puede ver un monumento doble. Porque además de tratarse de un vestigio de la cultura romana, es también, y aquí está lo excepcional, porque sirvió para demostrar los movimientos verticales de la corteza…

– Sí. Eso es evidente. Pero uno pasa por allí y no ve más que ruinas de una civilización clásica; no aprecia el ataque de los moluscos marinos. ¡A no ser que haya un guía que te lo diga, claro! Y, por supuesto, que sepa comunicarlo a las personas que, como yo, somos totalmente ignorantes en esa ciencia…

Museo del Orinal. Ciudad Rodrigo (Salamanca).

Museo del Orinal. Ciudad Rodrigo (Salamanca).

– Bueno, eso suele pasar. Es maravilloso cuando te encuentras con una persona que te cuenta con pasión lo que se muestra en una exposición o en un museo. Yo recuerdo, pongo por caso, lo que me ocurrió en uno que hay en Ciudad Rodrigo, el Museo del Orinal. Sí. Sí. Del Orinal; ese instrumento hoy de exclusivo uso infantil u hospitalario. Tan olvidado… y sin embargo de uso tan necesario a lo largo de los siglos, cuando no se había inventado aún el sistema de tuberías de desagüe en las viviendas, y se tiraba todo a las alcantarillas en la calle, si las había, o por la ventana al grito de “agua va”. En los palacios reales y aristocráticos había un encargado de evacuar su contenido y limpiarlo. Se hacían obras de arte dedicadas a tan sucio menester… Allí, en Ciudad Rodrigo, se atesoró una colección única de estos singulares objetos, y de lo relacionado con ellos, muebles y demás…

– Sí. Me parece haber oído hablar de este museo…

– Pero, aparte del extraordinario mérito de haber conseguido reunir esas piezas, muchas de ellas bellísimas, otro gran tesoro está, o estaba, en una persona que explicaba con pasión lo que estábamos viendo. ¡Tenía tal gracia este hombre, que salías de allí con ganas de volver con algún conocido para pasar otro rato agradable escuchando aquellas enseñanzas! Sí. No cabe duda de que el valor de una muestra, de lo que sea, se realza si te lo explican bien. ¡Y si lo hace un gran maestro, no digamos!

Artesonado del Palacio de los Condes de Miranda.

Artesonado del Palacio de los Condes de Miranda.

– Estoy, como siempre, totalmente de acuerdo con usted. A mí me ocurrió algo parecido cuando visité Peñaranda de Duero, en Burgos. Esta hermosa villa posee unos edificios monumentales. Creo recordar que puede verse allí la botica más antigua de España, aunque me parece a mí que ese honroso título lo ostentan también otras. Puede que sea la que todavía se conserva abierta y activa, dispensando sus medicinas y pociones. Pero lo mejor de Peñaranda, para mí, es un Palacio, cuyo nombre no recuerdo, que tiene muchas habitaciones o salones, cada uno de ellos con un espectacular artesonado diferente a los demás ¡Qué grandes obras de arte! ¡Pasas de una sala a otra y cada vez te quedas boquiabierto al levantar la vista! ¡Un señor muy mayor nos cantaba las películas que se habían rodado allí, los lances históricos que ocurrieron…! Hablaba de una forma tan atropellada, tan monótona, pero con tanta gracia, que era difícil no soltar la carcajada. ¡Tiene usted razón! Ante un personaje así dan ganas de volver con los amigos para repetir el momento…

-Y a usted en Pozzuoli se lo explicaron mal…

– ¡Horriblemente! Yo no sé si fue porque el guía hablaba mal en español, o porque éramos muchos. El caso es que no entendí nada. ¡Menos mal que usted…!

– Eso no es nada… Es penoso encontrar a un guía que no siente pasión por lo que enseña, que habla como un papagayo repitiendo una lección mal aprendida. En cambio, otros lo pueden enseñar de modo que te hace pensar que alguien colocó aquellos objetos, o lo que sea, allí, para que fuesen admirados por quien supiese ver y sentir la emoción de su descubrimiento.

– Seguramente, al nombrar Pozzuoli usted pensó inmediatamente en… ¿cómo dijo que se llamaba?

Charles Lyell (1797-1875), abogado y geólogo británico.

Charles Lyell (1797-1875), abogado y geólogo británico.

Charles Lyell. Pues sí. Lo asocié al instante. Aquel gran hombre, cuando era joven, hizo un largo viaje por el “continente”, costumbre seguida por muchos británicos en aquella época, terminadas las guerras napoleónicas. Muchos visitaban el mundo clásico. Yo me le imagino cuando contemplaba las tres columnas y comprendió la verdad de las teorías de su maestro en Edimburgo, el gran James Hutton. ¡Qué emoción debió sentir! El vería, con su poderosa imaginación, como aquel templo columnado se iba hundiendo inexorablemente, no ante la desesperación ciudadana porque el fenómeno fue lentísimo, secular. ¿Utilizarían aquellas columnas como postes para amarrar las embarcaciones? ¡Y luego, otra vez a lo largo de otros siglos, ver como las ruinas volvían a surgir del agua, siempre con las tres columnas enhiestas, testigos de lo que fueron y padecieron! ¡Y qué bien lo pasó al papel! ¡Sin recurrir a los grandes cataclismos, tan pregonados por Cuvier!

– ¿Lo que me admira es que cómo no se le ocurrió a nadie destruirlo, o aprovechar las columnas para llevarlas a otro sitio, como se ha hecho con tantas piezas arqueológicas? ¡Al quedar “in situ” son un monumento al pensamiento científico, que nadie debe tocar…!

– ¡Así es! Además Lyell fue un ejemplo de respeto a su maestro Hutton, que tan bien le enseñó. Éste fue un hombre que no publicó brillantemente sus ideas. Lo hizo su discípulo, siempre recordándole. ¡Es un caso excepcional, que muy pocos siguen! ¡Todos queremos brillar sobre los demás, sin acordarnos de aquellos a los que debemos lo que somos!

– ¡Qué razón tiene! Pero… se está haciendo tarde. ¿Quedamos mañana?

– ¡De acuerdo…! ¡A la misma hora!

2 Comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Parece que te resistes a salir de Pozzuoli que, por lo que veo debe de ser uno de tus temas favoritos y con razón. En su viaje por Europa Lyell pasó también por Paris en donde tuvo ocasión de hablar con Lamarck y con Geofroy viendo que las teorías sobre la transformación de las especies se discutían mucho antes de que Darwin hubiese publicado nada al respecto.

    Seguiré con atención las andanzas didascálicas de tus personajes a los que algún día tendrás que poner nombres.

    Un abrazo,

    Emilio

    • Lo que es una pena es no saber que hubiese pasado si Lyell tropieza con Cuvier. Yo me lo estoy imaginando y algún día me va a salir de la pluma. ¡Y de cómo un personaje equivocado en sus teorías, pero con un gran don de palabra, eclipsó a otro que tenía razón, pero no elocuencia. ¡Cuántas veces habrá pasado eso a lo largo de la Historia!
      Un abrazo, cuasitocayo.

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