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Los príncipes de Gales en Salamanca

'Memorias de un alcalde'

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En Salamanca fuimos, María José y yo, quienes junto a los príncipes y las infantas formamos una fila en la antesala del comedor alto del Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca para saludar a los asistentes a la comida oficial que el Ayuntamiento de Salamanca ofreció a los príncipes de Gales y a cincuenta invitados de ambos países. El menú fue preparado para agradar a los británicos: entremeses, crema de puerros al gusto de Diana, lubina, solomillo, tarta de hojaldre y fruta. Almuerzo contundente, propio de los colaciones de invierno. Estábamos en abril de 1987 y todavía los días eran frescos en nuestra ciudad.

Comimos en una mesa larga, María José al lado del príncipe Carlos, y yo junto a Lady Di. El príncipe de Gales habló de temas educativos y de caballos. Nos contó, entre otras muchas cosas, las humillaciones que el rey de Marruecos hizo a su madre, la reina Isabel, en la visita al reino del norte de África, haciéndola esperar como si de un súbdito cualquiera se tratara. Por su cuenta, la princesa me explicó que se sentía como en el cuento de la Cenicienta en su relación sentimental y posterior casamiento con Carlos. Entonces no se conocían las desavenencias de la pareja.

Lady Di comió poco, solicitó una manzana que partió con las manos, sin utilizar en ningún momento los cubiertos para pelarla. Comió la piel, aclarando para justificarse:

– ¡Tiene muchas vitaminas!

Pasó la manzana partida al comensal que tenía a su lado, el embajador de España en Londres, que la cogió un tanto nervioso. La princesa preguntó por la historia de Salamanca, sus fiestas,  los pícaros y buscones,  los toros y  el destino de los animales muertos en la plaza. Mi contestación la dejó algo perpleja y le produjo un cierto escalofrío:

-¡Pues se vende la carne y se come!

Lady Di se sintió fatigada cuando visitó e inauguró el Museo de Historia de la Ciudad, instalado entonces en la planta baja del Palacio del Obispo. Rompiendo el protocolo, se descalzó para calmar el dolor de pies

Se manifestó preocupada por el sida, que en aquellos años hacía estragos. Venía impresionada por los síntomas de la enfermedad. Acababa de visitar hacía unos días una clínica donde trataban a estos enfermos. Le llamó la atención el olor a ajo de nuestra comida, inusual en la cocina de su país.

Había sido un día duro; la princesa de Gales se sintió fatigada cuando visitó e inauguró el Museo de Historia de la Ciudad, instalado entonces en la planta baja del Palacio del Obispo. Rompiendo el protocolo, Lady Di se descalzó para calmar el dolor de pies. Previamente, en la puerta de entrada al Colegio Fonseca, había pasado por encima de las capas que los tunos depositaron en el suelo mientras cantaban canciones populares universitarias y de ronda.

En los muchos años de mi vida pública y profesional he tenido ocasión de vivir acontecimientos como los descritos. He conocido jefes de Estado y de Gobierno, miembros de casas reales, escritores y poetas de prestigio, e incluso he tenido la suerte de comer con el actual emperador del Japón y con el secretario general de las Naciones Unidas.

Que Salamanca recibiera tantas personalidades no fue casual. Se debió a una gestión de la Corporación municipal y, sobre todo, al gran atractivo que tiene la ciudad dentro y fuera de nuestras fronteras. Esta seducción  todavía no es percibida por los salmantinos.

En la década de los ochenta estábamos viviendo una catarata de visitas de Estado negociadas por el Ayuntamiento con el Ministerio de Asuntos Exteriores. Solicitamos al Gobierno que barajara Salamanca entre las ciudades propuestas para la parte privada de los viajes de Estado. Hasta entonces, siempre acababan en Toledo. Después de este acuerdo verbal, nuestra ciudad se convirtió en lugar de cita de visitantes ilustres.

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