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New York, New York

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El 7 de febrero, el autor de esta columna voló a Nueva York, a la Gran Manzana, para pronunciar allí tres conferencias en otras tantas diferentes entidades que generosamente me cursaron sus invitaciones.

Por orden cronológico, me refiero primero a la US/Spain Chamber of Commerce, donde el miércoles 8 hablé de “La Unión Europea y su futuro, en tiempos de turbulencias” (Brexit, desaceleración económica mundial, etc.). En la que hice algunas previsiones sobre el crecimiento futuro de la Unión, así como analizar lo que podría llamarse “el complejo de inferioridad” de la UE.

Me explico: a pesar de que la UE es el segundo espacio político con mayor población del mundo (algo más de 500 millones de personas, sólo después de China e India), y no obstante tener el mayor PIB conjunto del planeta, y las mayores cifras de comercio exterior, se comporta -por comparación con la República Popular y la Unión norteamericana-, como un conjunto políticamente de segundo orden. Cuando tendría que ser un factor fundamental a fin de pasar de una situación de postrimerías de la hegemonía estadounidense, al régimen multipolar, que el planeta Tierra necesita tan perentoriamente. Si se quieren superar los problemas que se ciernen sobre la humanidad, como cambio climático, peligro nuclear, lucha contra la pobreza, etc.

La verdad es que ese viaje a Nueva York, está lleno de interés para mí, porque la ciudad de los rascacielos (ya menos que Shanghái) siempre ofrece grandes novedades.

Mi segunda conferencia tuvo lugar en el Instituto Cervantes junto con el IE Business School, y el tema fueron los avatares del mentado cambio climático. Lo que discutí con Juan Verde, asesor que fue el Presidente Obama para la cuestión, y Mark Maraña, que actuó como moderador del debate. Precisamente en un tiempo en que el Acuerdo del Clima de París (2015) pasa por los más difíciles trances, especialmente por el nombramiento de Scott Pruitt, anterior Fiscal del Estado de Oklahoma y negacionista manifiesto de la idea del calentamiento global y del cambio climático, para presidir la EPA. Lo que podría conducir (ojalá no sea así), al abandono de EE.UU. del Acuerdo de París (2015), o a un cambio racial en los compromisos de Washington DC, del ingente recorte de emisiones, de gases de efecto invernadero, ya comprometido.

Y finalmente, tuvimos un encuentro con la Asociación de Estudiantes de la Universidad de Columbia, sobre temas actuales, de interés universal: las políticas de Trump, que están conmoviendo al mundo con sus actitudes de rechazo de los tratados de libre comercio; como ha sucedido ya con el Trans-Pacífico, y como también podría ocurrir con el Transatlántico UE/EE.UU. Y a ese respecto, la base de mis ideas, con el “Decálogo de Trump”, que aquí publiqué hace días.

La verdad es que ese viaje a Nueva York, está lleno de interés para mí, porque la ciudad de los rascacielos (ya menos que Shanghái) siempre ofrece grandes novedades. Y lógicamente trataré de aprovechar con otros complementos, entre ellos, tratar de saludar a Antonio Guterres, el primer político ibérico (luso) en llegar al más alto puesto en las Naciones Unidas, el de Secretario General. Además de revisitar algunos museos, sobre todo el de Ciencias Naturales -con fantásticas exposiciones del Cosmos, la Evolución, etc.- y el MOMA, con su terraza donde están las mejores réplicas del Museo Rodin de París. E incluso, si hay tiempo, estaré una noche en la Opera House, con El Barbero de Sevilla, de Rossini.

Viajar a EE.UU. en estos días tiene un interés especial para tomar el pulso a lo que sucede en el primer país del mundo (con China pisándole los talones), en el comienzo del mandato del ya mentado Donald Trump, que ha empezado su cuatrienio de gobierno a modo de “elefante en la cacharrería”. Así lo expresé en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, hace dos semanas, y el interés de todo ello lo subrayó nuestro Presidente, el Prof. Juan Velarde: “Ramón Tamames debe hacer un informe de las impresiones que le proporcione su viaje para general conocimiento de esta Academia”, y también de muchos más.

En cualquier caso, viajar siempre rejuvenece. Es revivir experiencias que ya quedan lejanas en el tiempo. Y en este caso, evocaré mi primera presencia en Nueva York, en 1966, con la visión iniciática de Manhattan como verdadero centro del mundo financiero. Y también, años más tarde, la entrada en navegación, por el puerto de Nueva York, a través del “Water Front”, con la alentadora percepción de la estatua de la Libertad, anunciadora -casi como Dvorak en su Sinfonía del Nuevo Mundo- de lo que se llamó la Tierra de Promisión, y que ahora a muchos no les parece tanto. Les contaré, queridos lectores.

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