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De hambre y de rollos

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Aprovechando asiduas jornadas de plante al hábitat familiar, algo equivalente a cualquier congreso profesional, compañeros -profesores a la vez que hábiles jugadores de dominó- y yo hemos recalado en Gandía para constatar avances, sensaciones, deleites. Horas de actividad plena me impidieron hilar un solo párrafo. Inserto de nuevo en la quietud de este habitáculo que me sirve de escritorio intento dar vida a palabras atinadas, desaciertos mayúsculos e impresiones gestantes, nonatas. Todo un cúmulo variopinto que constituye el comentario sereno (así lo pretendo) de esa penosa figuración política a caballo entre el esperpento y la tragicomedia. Buscar otra referencia distinta de los afanes dirigentes se convierte en misión imposible.

Decía Einstein que el universo y la estupidez no tenían límites para, en seguida, expresar dudas respecto a la certidumbre del primero. Es decir, concebía la imbecilidad humana un atributo con plenas garantías de existencia. Acertado, certero, justo. Ya por aquel entonces -siempre- barrunto era una forma exquisita de insinuación. Cualquier hambre engendra vacío, levedad, que atraen acción o ensueños vanos. Por tal motivo, lindero con don Albert, pero más añejo, apuntilla el adagio de probable autor indigente: “Quien tiene hambre sueña con rollos”. Esa grata estancia en Gandía, fértil, fructífera, aún dejó tiempo para oír alguna que otra sandez y asombrarse por la insistente necedad de aquellos que, debido a obsesiones traumáticas (tal vez psicóticas), confunden anhelos personales con beneplácito social. Jamás advierten menoscabo, aislamiento o deserción. Es lógico, por otra parte, que cada cual desvíe el curso del cauce social para aportar “agua” al propio molino.

Durante diez días coparon los noticiarios Podemos, Cataluña y PSOE. Podemos por esa guerra feroz, sin armisticio. De ella solo puede salirse vencedor o derrotado. Llevan tiempo gestando una lucha sin cuartel, debido al uso abusivo de purgas, propiciada salvajemente por gente próxima a cada líder. Conforma la clásica “limpieza” de quienes encarnan algún riesgo potencial para el despótico poder del cabecilla. Iglesias y Errejón son marionetas cuyos hilos mueven sendos equipos. Ellos actúan al compás del guion marcado por los respectivos estados mayores para evitar un aislamiento agónico. Deben dispensar, al menos, esperanza. Ambos poseen hambre de poder, de control, por ellos mismos, pero sobre todo por las respectivas facciones; pues solos, sin respaldos, no representan nada. Iglesias gana en arrogancia, en bravuconería. Lo confirman frases, posturas: “Cuando sea presidente no actuaré como Tsipras”, respondió a preguntas sobre el devenir griego. Errejón, más cauto, pragmático, abandona quimeras y radicalismo para examinar con tiento la realidad. Puestos los pies en tierra, gana adeptos; mientras, aquel consigue levantar sonrisas y pasiones absurdas a partes iguales. Al individuo le gusta el escaparate pero se inclina por la sustancia.

Rajoy significa lo poco convertido en excelente. Menuda guasa despliegan los políticos de España. ¿Será Errejón quien destaque en este erial perturbador? No me extrañaría.

Pedro Sánchez, entre tanto, anuncia candidatura a la secretaría general del PSOE. Otro iluso salta al vacío sin arnés que le proteja, ¿Qué necesita este hombre para darse cuenta de que llegar al cargo significa grave riesgo para el partido? Suponiéndole una aceptación notable de militantes irreflexivos, dogmáticos, enfervorizados, le faltaría el plácet de quienes votan sin filiación alguna. Sectario, auto sobrevalorado, radical, llevaría al PSOE a la nada electoral, al desastre definitivo. Si por rebote milagroso fuera elegido, duraba en el cargo un suspiro; existe una disyuntiva, desaparece él o la sigla. Susana Díaz, otra inepta en ciernes, muestra detalles que la hacen interesante, compatible con esta delicada situación. Personas válidas, carismáticas, óptimas, no las hay o pasan desapercibidas. Los medios crean personajes atractivos, huecos, farfolla, dejando velados al individuo rigor y valía. Constituyen los demás rollos que prefiere la cuenta de resultados. Así nos va.

Cataluña aporta la tercera nota informativa. Sus políticos tienen hambre, parece, de independencia y las ensoñaciones de tal necesidad espuria llevan a la ciudadanía al sumidero; ya saben, a esa voz escatológica que pronunciaba airado el admirable Fernán Gómez. Resulta inexplicable cómo se han conjuntado, tal vez conjurado, todas las siglas (a excepción de PP y Ciudadanos) para empeorar tan imponente crisis económica con otra territorial. ¿Es posible tolerar tanta estupidez? Parece que sí tras el acompañamiento que hicieron a quienes son juzgados por la bufonada del 9 N; derroche obsoleto del gobierno catalán cuyas prioridades se alejan día a día del pueblo. “España nos roba” y “no saldremos del Mercado Común” suponen una falacia provechosa, la humareda que oculta vergüenzas propias.

El PP, sin rivales apenas, fantasea también con rollos. Aparece unido, pero mugriento por la corrupción, ante ese congreso que comenzó el viernes. Sin embargo, puñales y dagas diversas aguardan romas mejor oportunidad. Al momento, cualquier divergencia queda calma por efecto del poder, mas tomará cuerpo cuando se pierda. Hoy surgen únicamente pasiones matizadas, colaterales, insípidas. Rajoy significa lo poco convertido en excelente. Menuda guasa despliegan los políticos de España. ¿Será Errejón quien destaque en este erial perturbador? No me extrañaría. Empero, y de momento, será triturado por el ídolo seductor e infecundo que mangonea a Podemos. Ha hecho de su antojo un tótem adorable, nutriente, enriquecedor, pero apartado del poder aglutinante, copioso. Con su estrategia seguirá siendo, la oficina vip de colocación (como indiqué en fechas pretéritas); al igual que muchos, un hambriento que sueña con rollos.

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