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El horizonte forgiano

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Nuestro horizonte es único, peculiar. ¿Procederá esta diferencia nuestra de no haber recorrido todas las etapas en el devenir histórico de nuestro entorno “natural”? ¿Tendrá su origen, más que en la identidad y la singularidad, en la anomalía? ¿Nuestro entorno “natural”, lo es más por geología y geografía que por cultura y carácter? ¿Nos hemos saltado algún siglo y un par de revoluciones históricas?

Esa es la cuestión. ¿Es España diferente? Y si lo es, ¿supone esto un vicio o una virtud, una ventaja o un contratiempo?

Tengan ustedes en cuenta que aquí la modernidad y las suecas convivieron con un dictador muerto en la cama, de muerte natural y tedio. Los fascismos en Europa habían desaparecido 40 años antes.
A nosotros sin embargo -nos vieron raros- nos perdonaron esa deuda, el señor Marshall pasó de largo y nos quedamos a solas con nosotros mismos (no era la primera vez).

Y como aquí nadie espera a los rezagados, tras mucha miseria y no pocos berrinches, cuando nos quisimos desperezar, ya teníamos suecas en las playas y un dictador embalsamado en vida. Al mismo tiempo. Coexistiendo.

Eso marca carácter y entrena para la coexistencia pacífica de los extremos, así como para una peculiar indolencia llena de contrastes. La sotana y el bikini, por ejemplo. O el rosario y el “la, la, la”,  sin ir más lejos.

Quizás algunos de ustedes recuerden, como yo, haber cabalgado en asno o mula, allá en el pueblo de la niñez, camino del melonar o la era. Y sin embargo, hoy manejamos con soltura y sin complejos el IPAD.

Hemos cabalgado entre dos mundos muy distintos y muy distantes, y eso nos hace especiales, a nosotros y al país que habitamos.
No todos los europeos pueden recordarse jinetes de un asno, ni pueden presumir de un Tejero pegando tiros en el Congreso, o cantando poética y patrióticamente las virtudes del cocido.

Empezamos a ser modernos cuando vimos a Neil Armstrong pisar la Luna, en blanco y negro, y no quita que algunos contemplemos todavía el descubrimiento de vida extraterrestre en Marte, ahora en color. Lo cual sería el umbral -esta vez si- de una nueva era.

Podríamos incluso decir que somos una especie de “cíborg” entre pollino y tablet. Hemos colgado la boina con rabillo, y nos hemos calado hasta las cejas una gorra con la visera hacia atrás. Nos hemos tatuado nuestra piel más superficial, pero hasta el último centímetro. Se ve que teníamos mucho que tapar.

Esa mezcla extemporánea e inusual es lo que queda fielmente reflejado en el horizonte forgiano, que no es otro que el que Forges dibuja como telón de fondo de sus personajes carpetovetónicos.

Ese horizonte de tantas de sus viñetas, puede ser urbano o rural (cada vez más lo primero), pero cada uno de ellos participa del otro, de manera que el lenguaje más castizo y auténtico hace simbiosis bizarra con el lenguaje más avanzado y comercial. Síntesis forzada que tiene bastante de hortera.

Y ese horizonte “made in SPAIN” es el escenario de nuestra actual comedia posmoderna.

Se trata de un paisaje “mix” esculpido a golpe de lápiz -palabra y dibujo- donde lo cutre y paleto de nuestra condición más profunda, confluye con un posmodernidad etérea y volátil, casi siempre mal digerida, y que propende al pedo rancio.

Dóciles a la impronta del catecismo global y su cultura de masas borregas, nuestros términos más propios se funden con el lenguaje universal de la nueva economía, diseñado para epatar necios e imponer imperios. Se genera así un idioma nuevo a la medida de nuestra flojera mental y nuestra carencia de raíces.

Hemos cabalgado entre dos mundos muy distintos y muy distantes, y eso nos hace especiales, a nosotros y al país que habitamos.

Y son tristes y anémicas nuestras raíces, porque nos han entrenado durante demasiado tiempo para vivir en la mentira, para coexistir pacíficamente con la falta, consciente, de la verdad. Nuestro particular Retablo de las maravillas, no es solo de ayer, sino también de hoy, en que hemos saltado a la vanguardia de la posmodernidad sin pasar antes por la era moderna, de la misma manera que hemos saltado a la urbe sin haber dignificado antes el mundo rural.

Somos tecnócratas pero sin dejar de ser de pueblo. Somos europeos pero sin dejar de ser españoles de pura cepa. Que no es que esté mal, ni que sea imposible, pero que en nuestro caso se manifiesta en extraña y no siempre lograda mezcla, síntoma de que nos hemos saltado algún curso, o quizás, como se dice ahora, alguna transición.

Somos fashion pero sin dejar de ser cutres, y liberales sin dejar de ser monaguillos obedientes, siempre a las órdenes del poderoso. Pero lo más triste de todo es sin embargo que nuestros pueblos abandonados (dónde quizás nos dejamos alguna raíz) se mueren, y la mitad de nuestros municipios están riesgo de extinción.

Veamos algunos ejemplos forgianos de esa posmodernidad acelerada tan nuestra, en la que si amanece no es poco, y en la que los megaedificios de la urbe posibérica, o los vehículos veloces del trasiego neoliberal, muestran rótulos del siguiente tenor:

T-ROBAMOS, servicios financieros; TONTOLCOOL’S, escuela de diseño; Puertas giratorias VAYACARA; ROBOSA, Financial Masters; KESESTO, Fábrica de Chefs para programas televisivos; TIZIO’S, Abogadxs del Estado para despedidas de Solterxs; HASPICAO, fondos de inversiones; ROSTROSA de Electricidad; GÜNTERLAND, Escuela de forrismo; STAFOSA, constructora de aceras de Madrid capital; Soplachickens coaching; Fabada’s, flatulences of desing; CORRUPTELING SCHOOL; DESPLUMATOR PEOPLE BANK

En fin, para qué seguir. Todo un paisaje, toda una fauna, todo un lenguaje presto a reblandecer neuronas predispuestas.

Ahora sí que nos hemos puesto a la altura de los tiempos modernos. Y Forges que lo sabe, nos lo cuenta.

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