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“El poder es el mejor afrodisíaco”

Héctor Ñaupari es poeta, ensayista, catadrático y conferenciante internacional. Estudió en la Universidad y hace un tiempo pasó por aquí invitado al XIX Encuentro de Poetas Iberoamericanos

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Divertido, elocuente y pulcro con el castellano, del que dice que si no lo conocemos bien nos perdemos la mejor literatura del mundo. Héctor Ñaupari es un poeta, ensayista, catedrático y conferenciante internacional peruano que estudió en Salamanca, ciudad que adora, y con él hemos compartido un rato de conversación en la que se ha hablado de erotismo, poesía y hasta de pornografía.

 

 

Héctor Ñaupari.

Héctor Ñaupari.

Siempre se habla de la erótica del poder. Usted que escribe poesía erótica… díganos, ¿cuánto hay de cierto?
Muchísimo. El erotismo es un poder que, desatado, nos consume. El poder ejerce una fascinación absoluta sobre quien lo detenta, pero más todavía en quienes están cerca de él. Si en algo coincidían personalidades como Kissinger o Mao era que el poder era el mejor afrodisíaco. Incluso, creo recordar que los jóvenes de mayo del 68 decían que el sexo era el poder de los jóvenes y el poder era el sexo de los viejos. Así que, en efecto, el poder tiene una erótica quinta esencial, una forma de atraer que lo hace irresistible, como el Oráculo de Tebas definió a Alejandro cuando el hijo de Filipo acudió a conocer su destino.

¿El oficio de escritor tiene más de erotismo o de pornografía?
Creo que más de erotismo que de pornografía. No obstante, todas las obras que fueron calificadas de pornográficas en su momento por los censores de todos los tiempos, sus críticos y validos, rescatadas de las hogueras, de los index infernales o del olvido, resistiendo heroica o trágicamente, sobre todo más allá de la vida de sus autores, muertos en prisión o torturados por escribirlas, se vuelvan obras maestras del erotismo, habiendo sido calificadas como pornográficas antes.

James Mason y Sue Lyon, en un fotograma de 'Lolita', de Stanley Kubrick, con guion de Nabokov, autor de la novela.

James Mason y Sue Lyon, en un fotograma de ‘Lolita’, de Stanley Kubrick, con guion de Nabokov, autor de la novela.

Eso le ocurre a las obras. Pero, ¿qué pasa con los escritores?
Es posible afirmar, entonces, que el oficio de escritor, en ese contexto, se asemeja a una escalera: el primer peldaño es el pornográfico, y el segundo, el del erotismo. Pero siempre se puede resbalar de esa escalera. No olvidemos que Lolita, obra cumbre del erotismo y de Nabokov, fue rechazada por multitud de editoriales, y sólo fue publicada por la editorial Olimpia, conocida casa de edición pornográfica francesa. Las novelas del divino Marqués de Sade son prohibidas hasta hoy en países como Corea del Sur, por su obscenidad extrema.

¿Cuántas pasiones ocultas encierran los grandes personajes femeninos de la literatura?
Son un vendaval de pasiones ocultas. Sus pasiones tienen pasiones. La de Penélope, en la otra cara de la medalla de su historia, fornicando con todos sus pretendientes y teniendo al Dios Pan, es decir, hijo de todos, como resultado de sus fornicios; la de Circe, reteniendo a Odiseo por cinco años con el acuerdo sedado del marino Rey de Ítaca; Sherezade, teniendo un sexo desaforado con el Sultán Sharigar, despuntando el alba de las mil noches y una noche, luego de contarle sus historias, al punto que nunca sabremos que lo que el despiadado sarraceno quería al día siguiente era seguir disfrutando del cuerpo o la imaginación de su desesperada esposa; Betsabé, desafiando el clima desde su piel de almíbar y enloqueciendo al Rey David de amor; Anna Karenina, amando al Conde Vronksy hasta un instante antes de tirarse hacia el tren. Incluso, personajes como Salomé, casi sin ser mencionados en La Biblia o por el historiador Flavio Josefo, se vuelven por obra y gracia de los escritores como Wilde en la ‘mujer fatal’ por excelencia, capaz de hechizar a un Rey que era su tío carnal, Herodes. Ésa Salomé fue la obsesión del pinto Gustave Moreau, que la pintó cientos de veces, tratando de encarnarla en sus pinturas.

¿Qué ha descubierto usted leyendo entre líneas esos libros?
Que en el corazón de las mujeres nadie gobierna, ni siquiera ellas mismas. Que sus amantes son sus prisioneros. Que nadie queda indemne luego de una pasión con alguna de ellas. Y que son ellos, sus amantes, los que deben contar su historia. Que cada historia que se conforma por ese torbellino de amor la escribe un fantasma: del amante no queda sino una pálida sombra. Y que un amor así es el mal.

Circe, Ulises y un tripulante convertido en cerdo.

Circe, Ulises y un tripulante convertido en cerdo.

¿Con cuál de ellas le gustaría haber tenido un encuentro erótico? ¿Por qué?
Con Circe. Es la hechicera suprema de las letras. Además porque, como yo escribo en el poema dedicado a ella: El vino que embriaga, la leche que nutre, la miel que empalaga, el néctar que calma la sed, todos esos sabores aparecen, fantasmales, en tu boca, amada mía.

¿Qué es más erótico el corazón o el pensamiento?
El pensamiento.

La línea que separa la pornografía del erotismo es fina. Ayúdenos. ¿Cuándo la traspasamos?
En realidad, para mí, el trayecto de la pornografía al erotismo es como el de una puerta giratoria. Así que la cruzamos siempre, y a continuación nos volvemos. La palabra es el medio que hace trascender la pornografía, pulsión pura, y la metamorfosea en erotismo.

¿Qué nos perdemos por no conocer bien el castellano?
Nos perdemos la mejor literatura del mundo.

¿Cuántos sentimientos se dejan de expresar por no encontrar las palabras adecuadas?
Todos, desde la encendida pasión hasta el odio más intenso.

Recomiéndenos un poema para estas noches de invierno con las que calentar corazones…
Permíteme uno mío, del libro que tengo en preparación, Malévola tu ausencia. Para tus lectores, Pasifae.

Pasifae

Pero corta con ese relato,
oculta, calla tu sueño:
su llama que quema yo temo,
tengo miedo de saber tu secreto.

Aleksandr Pushkin, Apuro sediento tu tierno gemido.

 

Estoy advertido: es tu sonrisa la placentera copa que se llena, toda de ti, como la astuta niebla colma las flores y los árboles.

Tus calados labios son el bálsamo que enciende mi fiebre en lugar de atenuarla.

Cuando sólo los soñaba, antes de encerrarme en el desvelo, presa de un súbito temblor, quería imaginarlos amargos para no desearlos tanto.

Pero, siendo un toro condenado al sacrificio, y salvado por tus deseos, despertaba vencido y más enamorado.

¡Ah! – me decía – ¡Si tus caricias invadieran hasta mis recuerdos!

¡Qué no daría porque tal ventura me sucediera!

Hoy que por fin me abandono en tus brazos, desamparados yacen tus vestidos, broches y collares lánguidos y vacíos – cómo nos limitaban –.

Ellos darán testimonio ante todas que eres mi eterna creadora

mi amanecer más delicado

mi atardecer más bello

como yo soy la fruta que codicias

la presa que te caza, Pasifae,

y así, agotados de acecharnos, nos perseguiríamos como la brisa del verano que acosa al sol sin alcanzarlo.

Ahora, que en ti me voy de mí,

te suplico: desátame en la delicia de tus lirios montes, azucenas comisuras,

róbame de la garganta la respiración

trenza en mi lomo tus cabellos como las notas en una melodía arcana,

pues no hay placer más pleno que satisfacer mi ansia de ti

esposa mía, mi dolor más amado, la mitad de mi alma.

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