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Bellacos y cantamañanas

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Acudiremos al DRAE para precisar ambos vocablos sin que ello agote cualquier matiz popular enriquecedor, concluyente. Bellaco significa malo, pícaro, ruin. A su vez, cantamañanas -desde un punto de vista coloquial- se refiere a persona informal, fantasiosa, irresponsable, que mueve a desdoro. Ninguno deja entrever propósito insultante ni vejatorio sino guía de atributos más o menos certeros y ajustados. Bien es cierto que a este país le enloquecen las etiquetas, mejor cuando se cuelgan sobre personas que destacan no exactamente por su esfuerzo personal.

El éxito ajeno e injustificado engendra rechazo, bien por modesta compensación bien por sentimiento impreciso pero natural. ¿Por qué fulano y no yo? inquirimos sin tener en cuenta alguna virtud, aun vicio, que el tal exhibe como la tinta invisible (solo apreciada aplicando dispositivos diversos). Qué sabemos de sus facultades organizativas o de su peculiar carácter dúctil, tal vez pelota, volatinero, vasallo. Las cosas no acontecen porque sí; siempre, a poco que escarbemos, encontraremos el motivo que explique un determinado proceder pese al aspecto ininteligible u oscuro.

Tales estereotipos -bastante comunes en la fauna humana- son propios, o impropios, de cualquier colectivo más allá de escalas sociales. Podemos localizarlos entre harapos pero también se adosan a entornos dorados, rutilantes, escasos de lustre. Pensamos, razonablemente, que las clases humildes generan bellacos perversos mientras la exquisitez nutre desenvueltos cantamañanas. Craso error, estos distintivos admiten cualquier suelo, fertilizante y clima. Sin embargo, consiguen mayor notoriedad cuando sus protagonistas, quizás huéspedes parasitarios, pertenecen u ostentan algún poder. Voy a olvidarme de sindicalistas, financieros, empresarios y cargos religiosos para centrar mi análisis en políticos sin excepción, fuera de adscripciones ideológicas, provistos además de particularidades específicas.

Evitaré citar nombres concretos para que el amable lector, con plena autoridad, ponga cuantos desee donde crea oportuno. Seguro que coincido con él de forma total e incluso es probable que su relación gane en riqueza y justicia a la que yo pudiera brindarle. Olvidaría, ante tanto exceso, episodios importantes, fundamentales. Deja de preocuparme el efecto pernicioso de tales ausencias porque, reitero, los amables lectores completarán con éxito descuidos e incorrecciones. Pretendo examinar solo el quehacer político porque la extraña relación representante/representado conforma el papel habitual de nuestra cadavérica democracia.

Los españoles tenemos altas dosis de aquello que imputamos a quienes nos gobiernan pues de otra forma sería imposible llegar al extremo donde nos encontramos

Advierto, antes de deslindar los atributos expuestos en el epígrafe, que no son antagónicos ni excluyentes. Puede que, por el contrario, concurran con frecuencia en prebostes ambiciosos o se destapen precarios de otros rasgos. Dentro del PP abundan los bellacos. Sin ser especialmente malignos en sentido moral, adquieren cotas notables cuando el sinónimo es inepto o inútil. Encuentran su grado de maldad cuando intentan seducir al ciudadano con argumentos inciertos, adulterados. Sobre todo a la hora de ensalzar logros económicos tan falsos como aquellos que callan por discreción o temor a ser descubiertos. Veamos. ¿Hay algo sobre la reforma del Estado Autonómico (irrefutable desaguadero económico), de la consolidación democrática, del avance en derechos y libertades, de la separación de poderes, de la moralidad pública? ¿Qué se ha hecho, pues? ¿Cambiar ciclo, regulación y modelo económicos? Tampoco. Nos mantenemos gracias a la inseguridad del Mediterráneo afro-asiático. El resto, pompas de jabón.

Pocas o ninguna esperanza ofrece el PSOE cara al futuro. Aquí, la proporción de unos y otros (bellacos y cantamañanas) se va nivelando día a día. En algún caso personal están por mitad. Un refrán, atinado, certero, dice: “Favorecer a un bellaco, es echar agua en un saco”. ¿Qué más puede decirse? Pues todavía quedan muchos empeñados en utilizar cubo y saco. Dejan apartados, en entredicho, títulos y crédito para hacer de la bellaquería su tarjeta de presentación. A veces es difícil -casi imposible- casar temores y certidumbre. Uno, pese a los años, al escepticismo ejerciente, se asombra de tanta ruindad moral e intelectiva. Recalco, demasiados sujetos bellacos y cantamañanas, a la par, embisten esta sigla centenaria e imprescindible en España.

Ciudadanos, de momento, depara virginidad y frescura supeditadas a algún desliz contradictorio. Hasta el presente, su catálogo de lacras muestra deslices nimios y pasos confusos, casi ebrios. Una insignificancia comparada con los tics inquietantes, extraordinarios del resto. Podemos se lleva la palma, el récord, de cantamañanas hasta el punto de sufrir tal notoriedad prácticamente toda su casta dirigente. Ser bellacos forma parte de su esencia y, por consiguiente, deja de ser atributo azaroso para convertirse en sustrato doctrinal. La historia constata de forma rotunda e inexorable su evidencia. Diferente es que aún alguien ansíe falsear vicisitudes representando papeles simplones, seductores, quiméricos, así como personal que los admita.

Sé que el objetivismo es una rémora. Con todo y con ello, mi voluntad aspira a la crítica política, jamás personal, y a exigirme imparcialidad plena. A este detalle debo mi última admonición. Me resulta arduo calificar a la sociedad española de bellaca y cantamañanas, pero franqueza obliga. Sí, nosotros, los españoles tenemos altas dosis de aquello que imputamos a quienes nos gobiernan pues de otra forma sería imposible llegar al extremo donde nos encontramos. Nuestra pereza lleva al escenario ruinoso que nos rodea. Cuánta ingenuidad desplegada, cuánta energía perdida por la boca y cuánta propuesta de bar pierde fuelle a la salida. Nadie vea en estas, aun aquellas, lucubraciones desesperanza, insidia o triunfalismo. Expongo casos, dichos y hechos, que nuestros próceres avientan o exhiben personalmente. Nosotros, con el proceder habitual, somos cómplices necesarios por omisión. Ni más, ni menos.

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