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El lenguaje de Aznar

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Con los primeros fríos José María Aznar apareció en plan de romería, y en esas sigue cuando nos muerden los fríos reconcentrados que asolan con la gripe. Aunque él anda caliente. Resulta que ahora se ha hecho “independiente”, para poder sacudirle estopa al partido que él mismo recreó, encabezado por el hombre que él mismo designó, pero que parece que le ha salido un poco petardo arropado en su galleguismo.

Aznar, por unos motivos o por otros, lleva algún tiempo revuelto en olas de actualidad. Se alza sobre el oleaje porque le encona el alma su-PP, que parece que ya no es su-PP, que equipara a su-España, y ante eso –lo acaba de proclamar, con el magisterio de sus mejores tiempos– “España es nuestra tarea y queremos hacerla bien, desde nuestro sitio”. Pero también el oleaje lo arrastra a la playa de los asuntos podridos de sus tiempos de mando, que abrieron un arco con los miles de millones de euros que nos costará a los contribuyentes “el rescate” de la autovías radiales que él mismo tanto ensalzó al colocar primeras piedras, arco que por el momento cierra ahora con el renacimiento de la ignominia de la muerte de los militares que metieron en la basura de avión que era el Yak-42, con la identificación tramposa de los restos sólo para celebrar a todo correr y con pompa el entierro que decidió el ministro Trillo tras despachar con Aznar, que a muchos se les está olvidando ese matiz estos días.

Es decir, que hemos vuelto a recuperar nutridas sesiones del “lenguaje de Aznar”. Confieso que desde siempre –y lo conocí desde su infancia política– me ha interesado atender al “lenguaje” de Aznar, hasta el punto de que a ese lenguaje lo situé como protagonista de mi novela La curva del camino (2016), por entender que los surcos de sus palabras y gestos trasladan la esencia de las esencias aznarianas. Dediqué muchas páginas a esos rastros de recorrido aznariano que ya la mayoría de los españoles han olvidado por más que periódicamente surjan mil y un motivos para rememorar que muchas de las situaciones de tortura que hemos pasado y estamos pasando proceden de aquel lenguaje.

Aznar, por unos motivos o por otros, lleva algún tiempo revuelto en olas de actualidad. Se alza sobre el oleaje porque le encona el alma su-PP, que parece que ya no es su-PP, que equipara a su-España

Entre lo proclives que somos los españoles a olvidar incluso lo que ha marcado profundamente nuestras vidas y la demostrada tendencia, tenacidad y concertación aznariana a recomponer sus andanzas, “el lenguaje de Aznar” no se puede negar que se convierte en una luminaria que, como nunca dejará de proclamar, supondrá la recuperación de este país hundido en miserias de todo tipo. ¿O es que no lo dejó sobradamente nítido, en el que fue quizá su momento estelar, al endiosarse afirmando todo engreído que la posición de España con respecto a la guerra de Irak había supuesto “cambiar la posición de España en el mundo”? Claro que lo había supuesto: nos había metido en la miseria moral de una guerra asquerosa y todavía generadora de sangre, orquestada desde la mentira que él aún alimenta, porque su lenguaje no le permite reconocer el error y el horror. Como nunca reconocerá que sus políticas sobre el suelo y el proceso inmobiliario pusieron al país en la rampa de perdición que nos llevaron a la enorme crisis económica que nos ha mordido con saña. Ese lenguaje, “el lenguaje de Aznar”, nos lo ha establecido hace tan sólo dos días: aquello fue jauja gracias a él. Sin ningún sonrojo, mientras se encumbraba desde la desvergüenza, así ha hablado: “España no era un país imposible condenado a un atraso relativo permanente. Era simplemente un país que necesitaba mejor gobierno. Integramos a muchos para redactar un programa renovado, sólido y fiel a nuestras ideas. Se lo ofrecimos a los españoles, lo aceptaron y lo cumplimos”.

Este es el lenguaje de Aznar. Este es el lenguaje que va a continuar sembrando –ha proclamado con su peculiar energía– para “seguir ofreciendo ideas políticas”, ya que “eso es lo que queremos hacer y lo que vamos a hacer”.

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