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La inteligencia artificial (y III)

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Con la tercera entrega hoy termina lo que he escrito sobre la inteligencia artificial. Un tema fundamental que forma parte, ensanchándola hasta límites inalcanzables hoy por hoy, lo que es la economía digital, y la aplicación científica a los problemas de cada día.

Nos referiremos hoy a los robots en progreso ubicuo y universal, a las máquinas humanas, también conocidas a veces como androides, y recomiendo sobre todo a los lectores que se graven los cuatro versos del poema de William Blake que es clave para tantas cosas.

Robots en progreso y futuro de la IA

Moviéndonos en el área de la IA, inevitablemente hemos de referirnos a los robots, los trabajadores no humanos a los que Karel Čapek dio nombre a partir de su lengua checa. Y desde esa primera notoriedad, de los años 30 del siglo XX, la robótica ha avanzado mucho, hasta el punto de que Hiroaki Kitano, uno de los directores del Sony Computer Science Lab, en Tokio, a principios de los años noventa del siglo XX, ya soñaba con crear robots humanoides, capaces de competir con hombres y mujeres. ¿Ambicioso? ¿Utópico? Nada de eso, porque en robótica, los sueños son un motor potente. Y en esa senda, el propio Kitano creó el perro Aibo, uno de los grandes éxitos comerciales de la robótica de Sony; y posteriormente diseñó a QRIO, el primer bípedo artificial capaz de correr. Pero, ¿cuán lejano se está todavía del robot humanoide de las películas de hacer de todo? ¿Del compañero androide capaz de compartir su vida con las propias personas?

“Se ha avanzado mucho y, ocasionalmente se han alcanzado los objetivos que los fundadores de la inteligencia artificial plantearon”; o por lo menos eso es lo que piensa Ramón López de Mántaras, director del Instituto de Investigación de Inteligencia Artificial (IIIA-CSIC), en Barcelona; y primer científico no estadounidense en haber recibido -en 2011- el premio Robert S. Engelmore, de la Asociación Americana para el Avance de la IA.

Pero si ha habido tantos progresos… ¿dónde están, para verlos? Lo que ocurre es que la IA se ha vuelto ubicua “está por todas partes, ¡pero no siempre es visible! -dice López de Mántaras-, para acto seguido poner ejemplos: “En sistemas de inyección de los automóviles se usan algoritmos de aprendizaje automático; en los videojuegos se emplean redes neuronales; en los sistemas de detección de fraudes financieros se recurre a técnicas de aprendizaje automático relacional. Por su parte, la gestión del tráfico de llamadas en telefónica móvil, la detección de hábitos de consumidores, los buscadores en la web… en todos esos procesos se usan técnicas de inteligencia artificial. Incluso se han demostrado complejos teoremas matemáticos con herramientas de IA”. No hay, pues, lugar para desazones, y con toda seguridad, con tantas cosas, como casi siempre, lo mejor está por llegar…

Entre esas posibilidades, lo que nos cuenta Mark Zuckerberg, de cuando se reunió en su página de Facebook (dónde, si no) con famosos de la talla de Shakira, Stephen Hawking, Arnold Schwarzenegger o Richard Branson, y también con usuarios habituales de la web, para responder preguntas sobre el futuro. Y una de las que más revuelo provocó llegó de parte de un joven que se interesó por cómo sería Facebook en una década. “Algún día -respondió Zuckerberg-, estoy seguro, seremos capaces de enviar pensamientos complejos mediante las nuevas tecnologías. Pensarás en algo y tus amigos podrán percibirte; si quieren compartirlo, claro”.

En 2023 tendremos artefactos del tamaño de un ordenador personal capaces de emular y sobrepasar el nivel de inteligencia de un ser humano; y en 2045, equivalente a la totalidad de inteligencia combinada de todos los seres humanos

Lo que proponen John Gabrieli y sus colegas del MIT es utilizar el acervo tecnológico capaz de medir la neurodiversidad humana, a fin de predecir el comportamiento futuro de las máquinas pensantes y su relación con las personas. “Esa predicción -dice Gabrieli- puede constituir una contribución humanitaria y pragmática para la sociedad y, desde luego, requerirá una nueva rama de la ciencia no exenta de consideraciones éticas”. Lo que genera una serie de inquietudes en multitud de casos. En ese sentido, el libro de Eric Horvitz Cien años de estudio de la inteligencia artificial, incluye ésta como área muy especial. Y expresamente, su autor, no oculta sus preocupaciones por la posibilidad de que un día podríamos perder el control de los sistemas de IA, vía el aumento de las superinteligencias, que dejarían de comportarse conforme a los estrictos deseos humanos, para amenazar a la propia humanidad. ¿Tales efectos distópicos son posibles? Y si es así, ¿cómo surgirían tales situaciones?… Y una pregunta más a ese respecto: ¿debe aceptarse la inversión en investigaciones que persigan lograr una explosión de inteligencia no humana?

En la dirección indicada, los más atrevidos plantean que tales pesquisas sí que deberían estar dentro de las prioridades de investigación a largo plazo, pero como prognosis de la explosión de la IA y la superinteligencia. Así lo propone el Machine Intelligence Research Institute  (MIRI), no sin algunas cautelas. En la misma línea que las anteriores muestras de inquietud, Nick Bostrom, Director del Instituto para el Futuro de la Humanidad, de la Universidad de Oxford, opina que debe impulsarse y financiarse debidamente la investigación sobre el control de los riesgos futuros provenientes de la superinteligencia, con tiempo suficiente a fin de estar preparados para afrontar desafíos de gran calibre.

Máquinas humanas, nuevos universos

Que la humanidad es la especie dominante en el planeta Tierra, es algo que está fuera de toda duda. Y desde la difusión y definitiva prevalencia del homo sapiens, está claro que el hombre ha ocupado el mundo entero en sus diferentes expresiones.

¿Y de ese dominio humano, qué cabe esperar? lo vamos a saber mejor cuando tengamos más estudiado el cerebro humano, con la analogía de los artificiales que están bajo examen para conocer los orígenes mismos de nuestra conciencia y posibilidades. Aunque, lógicamente, no se trata sólo de nuestras posibilidades: el hombre está cambiando por su ectopersonalidad, debido a la informática, a internet y a la inteligencia artificial según se ha visto.

Los avances que hemos ido viendo en materia de IA y áreas conexas nos inducen a buscar dónde pueden estar los límites y qué relación guardan con el entorno sociológico e incluso religioso. A ese respecto, Ray Kurzweil dirige un grupo muy influyente de tecno-optimistas, con algunas figuras destacadas en el Sillicon Valley, California; entre ellos Vivek Kundra, asesor tecnológico del presidente Obama.

La idea del referido grupo es que la humanidad está en una etapa de gloriosa post-biología, que ellos llaman singularidad, algo que definitivamente nos separa del resto de la escala zoológica. Sobre todo, a partir del momento en que ese potencial humano se incremente adaptando implantes electrónicos en los humanos, para así competir con las máquinas de la inteligencia artificial, si no en inventiva y creatividad, sí en potencial de cálculo, percepción, etc. En esa dirección, Kurzweil prevé que con la aceleración de la tecnología resolverán todos los problemas energéticos, e incluso se alcanzará la inmortalidad humana.

Ray Kurzweil estima que en 2023 tendremos artefactos del tamaño de un ordenador personal capaces de emular y sobrepasar el nivel de inteligencia de un ser humano; y en 2045, equivalente a la totalidad de inteligencia combinada de todos los seres humanos; con un software que asumirá la enorme complejidad de los procesos del pensamiento. De modo y manera que con ese software genético podrá alcanzarse un nivel de sofisticación suficiente para sobrepasar los cerebros biológicos. En definitiva, el Homo sapiens podría disponer de habilidades hasta ahora inimaginables. Dentro de esa visión en verdad deslumbrante, Kurzweil manifiesta:

La inteligencia que surgirá de ese progreso, continuará representando a la civilización humana, que de facto ya es una civilización humano-maquinal, de modo que las futuras máquinas serán humanas, aunque no sean bioló­gicas. Ese será el gran paso en la evolución futura: el cambio a un pa­radigma de nivel mucho más alto, en el que la mayor parte de la inteligencia, finalmente, será no biológica; con el resultado de que a finales del siglo XXI, habrá pasado a ser billones de billones de veces más poderosa que el intelecto humano originaria.

Ese avance merced a las nuevas máquinas humanas -a diferencia de la inteligencia artificial-, impulsará la capacidad creativa de la sociedad por su gran número de ops; esto es, operaciones por segundos, con las cuales se miden las cotas de computación. Estimando Kurzweil que si la totalidad del cerebro humano equivale a 106 ops, un millón de operaciones por segundo -un número asombroso-, la computación de las máquinas humanas podrá romper la actual contraposición de las Leyes de Moore y Wirth.

Con el avance hacia mayor número de ops, Kurzweil se pregunta: ¿qué haremos cuando nuestra inteligencia -la de las máquinas humanas- esté en el rango de 10100 ops? Una cosa que cabría hacer sería construir nuevos universos, algo que ahora nos parece inverosímil, pero que engarza con la hipótesis de que el cosmos pudo ser un ordenador cuántico, posible creación de una superinteligencia de otros universos anteriores más evolucionados, o al margen de cualquier concepto espacio tiempo. Y esa es la idea de Kurzweil: el universo que conocemos, es creación de un diseñador inteligente, que está realizando un complejo experimento científico, planeado ya desde un universo anterior.

Y a propósito de Kurzweil: es director de ingeniería de Google, ha recibido 10 doctorados honoris causa, inventó un tipo especial de escáner y el primer sintetizador de voz, y es autor de varias docenas de patentes. Kurzweil dedica su vida a reflexionar sobre la tecnología y hace algunos años concluyó que en 2019 los ordenadores podrán hacer lo mismo que los seres humanos, solo que mejor. Tiene 67 años, pero es tan ágil y tiene tanta energía como si tuviese 35. Cada día toma 150 pastillas entre vitaminas, minerales y enzimas, y se inyecta complementos dietéticos. Su meta es resistir hasta que la tecnología esté en condiciones de prolongar la vida humana. No le cabe duda de que ese momento no está lejos. Al fin y al cabo, Google y otra docena de empresas ya están trabajando a toda máquina para detener el envejecimiento y derrotar al cáncer. Kurzweil, también podría decirse, es un maniático enloquecido de la vida y un obseso de la tecnología y de la inteligencia artificial.

Podría decirse, desde luego, que todo lo anterior es pura especulación. Si bien cabe observar, que el progreso de la inteligencia y del conocimiento es inexorable e imparable. Al modo en que en cierta ocasión planteó el filósofo y dibujante inglés William Blake (1757/1827):

Todo lo que hoy vemos,

fue un día imaginación.

Todo lo que hoy imaginamos,

podrá ser realidad mañana.

La de Blake es una expresión poética, pero también reveladora de que muchas posibilidades, antes problemáticas, se hicieron realidad en el pasado, y que lo mismo sucederá en el futuro. Porque el progreso es imparable, como se demuestra por la circunstancia de que ni las calamidades ni las tragedias de la historia humana -como las acaecidas en el siglo XX con el conflicto 1914-1918, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, y otros miserables episodios-, no hicieron mella en el exponencial progreso de la inteligencia humana.

Y terminamos aquí el artículo sobre inteligencia artificial, con el propio fin del año 2016, que ha traído cosas interesantes. Y yo señalaría, para ultimar lo que fue aquella Segunda Guerra Mundial, la visita de Obama a Hiroshima, donde EE.UU. dejó, junto con Nagasaki, más de 200.000 muertos, y la visita de Abe, el primer ministro japonés, a Perl Harbour, donde Japón dejó más de 2.000 muertos. Fue una venganza, dicen muchos, fue Japón el país que pagó el proyecto Manhattan que llevó al arma atómica, que sólo por unas semanas de armisticio ya concluido en Centroeuropa, evitó que la bomba cayera sobre Berlín. En todo caso, son un buen cierre las dos visitas referidas, aunque sea sin haber pedido perdón ni el uno ni el otro.

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