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Las abarcas desiertas

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A la espera de que en años sucesivos se siga adelantando el consumo navideño y que las lucecitas de colores en nuestras calles comerciales se enciendan después del verano, reparo en un poema escrito por Miguel Hernández mientras discurría la Guerra de España.

El poema apareció en la revista Ayuda, publicada por el Socorro Rojo Internacional, el 2 de enero de 1937. Fue muy frío aquel invierno y el país vivía un conflicto similar en tragedia y desesperación al que hemos presenciado muy a distancia durante los últimos años en Siria, con esa inmensa diáspora de refugiados a los que Europa da la espalda.

Hernández, que al final de la guerra morirá enfermo de tuberculosis en la cárcel de Alicante -donde escribió las admirables Nanas de la cebolla a su hijo-,  es autor de los versos que siguen, al objeto de recabar ayuda en donativos y juguetes para los niños más necesitados, que entonces fueron más que nunca en nuestro país. Hay padres que todavía recuerdan ahora a sus hijos los paupérrimos y toscos  regalos de Reyes que tuvieron durante su niñez en guerra.

El poema de Miguel Hernández va por ellos y por cuantos en el mundo tienen cerrado el horizonte del juego y la risa, del pan y la escuela. Se titula Las abarcas desiertas, y dice así:

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

— oOo —

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