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Pulsiones y razonamientos

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En la insistente (e interesada) confusión sobre el uso indiscriminado del término populismo, hay quien ya barrunta que soltando la palabreja de moda una y otra vez, cual cortina de humo semántica, o cual mantra litúrgico, no vamos a dar con las auténticas causas del mal.
Aunque estos mismos que ya empiezan a ver claro, y a sentirse incómodos con simplificaciones tan groseras, aún hablan de las “razones” que asisten a los de arriba (la elite), y las “pulsiones” que empujan a los de abajo (la plebe). Demasiado simple, de nuevo.

Los de abajo –la plebe– en el momento presente tienen, en un elevado porcentaje, estudios superiores, y también razonan y leen. No todo son pulsiones aquí abajo.

¿Se puede calificar de “plebe” a Saramago, Sampedro, Hessel, o Galeano, por mencionar solo unos cuantos plebeyos, que siempre apoyaron las “razones” de los indignados, y condenaron las “pulsiones” (la codicia es una de ellas) de las elites?

¿Las raíces de ese movimiento barriobajero y compulsivo estarían en Neruda y otros extraviados, y habrían sido eficazmente arrancadas por Pinochet y otros representantes de la razón pura?

No sería exagerado decir que la corrupción es uno de los sellos de identidad que -para nuestra desgracia- ha caracterizado a las “elites” (así se hacen llamar) en nuestro país.
Y al menos yo, la corrupción la coloco en el capítulo de las pulsiones, no en el de los razonamientos.

Es más, me atrevo a decir, que el populismo en nuestro país no está dónde se le ha querido situar. El populismo necesita de un líder carismático, al que nadie discute y que se ha autodesignado o lo han designado a dedo, en organizaciones donde la democracia interna brilla por su ausencia, o si brilla es como una estrella fugaz que rápido apaga y convierte en meteorito chamuscado un golpe de mano o una gestora iluminada (busquen en nuestro espectro político esas coordenadas y lo encontraran).
En nuestro momento político europeo, el populismo es básicamente de derechas (busquen en nuestro espectro) y xenófobo (busquen también en nuestro espectro político, porque allí está, aunque sea agazapado y esperando su oportunidad).

Otros analistas menos originales y menos despiertos, consideran que los populismos “aprovechan el desconcierto generado por las grandes mutaciones históricas para poner al pueblo contra las elites… etcétera”.
Demasiado simple, de nuevo.

Si eso describe algún fenómeno real de nuestro entorno, aún no me he topado con él.
No creo que la reacción lógica (razonable) y coherente (plena de sentido) que aquí se ha producido (pensemos en nuestro 15M), tenga nada que ver con un grupo de “comerciales” que detectan y “aprovechan” un nicho de negocio político que explotar.
Esto empezó desde abajo, desde el estrato más profundo de la necesidad y el hartazgo, si no de la desesperación. No fue una necesidad creada artificialmente por un grupo de yupis en orden a promover nuevas y extrañas formas de consumo político. Fue un “horror vacui” ante una democracia formal (y corrupta) que acabó teniendo muy poco contenido y sustancia.

En el fondo de tanto teórico del populismo como hoy prolifera, lo que hay es una incapacidad notable para explicar o reconocer el fracaso del “partido único” que se ha querido promover y entronizar. Ese es el núcleo de la cuestión.
El infantilismo de haber creído en el fin de la historia y en un sólo dogma sin contrastes ni disidencias que lo explica todo, algo así como una suerte de “capitalismo dialéctico”.

Parecería sensato desconfiar de dicha dialéctica mecanicista y monótona, y razonable dudar de tanta fe determinista. El motor inmóvil que ya ha acabado su trabajo, tiene un tufo a panteón platónico, que no resiste la más mínima confrontación con la realidad. “Eppur si muove”. Y sin embargo, se mueve.

Nunca antes tanto una sociedad cerrada se había disfrazado tan exitosamente de sociedad abierta.

Y es que cuando el fanatismo (en este caso, neoliberal) se impone a la razón empírica y a la necesaria confrontación con los hechos, nos encontramos con la sorpresa de que “el futuro no es lo que era”.
De hecho ni siquiera aclara la siguiente duda que nos recuerda a la del huevo y la gallina: ¿Qué fue primero? ¿El partido único -en pro de la desregulación salvaje- que trajo la crisis / estafa, o fue la crisis / estafa la que desnudó las vergüenzas y descubrió los sofismas del partido único?

Todas las teologías requieren su lenguaje catecúmeno. Así llamamos “grandes mutaciones históricas” a lo que hace apenas dos días y desde planteamientos nada extremistas, hubiéramos calificado de involución, pérdida de derechos, y retrocesos.
Demasiado rápido hemos caído bajo los hechizos del nuevo lenguaje, y aprendido los usos y costumbres del monaguillo.
O declaramos sin enrojecer que los malvados han puesto al “pueblo” contra las “elites”, cuando nadie ignora que en todo caso ha sido al revés. Recuerden la ya célebre frase de Warren Buffett (el oráculo de Omaha): “Hay una guerra de clases, de acuerdo,  pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando”.

En el fondo de tanto teórico del populismo como hoy prolifera, lo que hay es una incapacidad notable para explicar o reconocer el fracaso del “partido único” que se ha querido promover y entronizar

O deliberadamente queremos caminar hacia atrás, como los cangrejos, o no hay ninguna razón objetiva para que las “grandes mutaciones históricas” se hagan retrocediendo y hacia un mayor malestar. Perfectamente esas mutaciones pueden ser en sentido contrario. De hecho, cuando avanza la tecnología y nuestro conocimiento del medio, cabe exigir que esas mutaciones se hagan en el sentido del progreso (fundamentalmente humano y no solo material), es decir, no hacia más trabajo (jubilarse más tarde) y de peor calidad (precario), sino en todo caso hacia menos trabajo (jubilarse antes), más repartido, y de mayor calidad (incluso creativo). Y no te hagas ilusiones si no cuentas con la ecología, o no eres capaz de reconocer el cordón umbilical –demasiado real- que te une a la biosfera. Solo unos pirados pueden creer que flotan y viajan en el platillo volante del mercado.

Esto al final nos lleva al punto clave: reparto del trabajo y reparto de la riqueza. El interés social imponiéndose al interés privado, bajo la égida de la libertad individual y la solidaridad colectiva. La razón imponiéndose a la codicia. La democracia imponiéndose a la plutocracia. O sociedad o selva. Hay que escoger.

Así que lo que estamos viviendo –llámenlo como quieran, y si quieren llamarlo populismo, allá ustedes- es la reacción lógica, y de momento razonable y sorprendentemente comedida, ante un ataque sin precedentes a los derechos de la ciudadanía, y a los principios y conquistas que construyeron la Europa de las luces. Y no me estoy refiriendo, claro está, a la Europa de los mercaderes, que es la que nos quieren vender, por las buenas o por las malas, con democracia o sin ella.

No enfrentarse a los hechos, si es populismo. ¿Por qué en España este populismo -institucionalizado- está en el gobierno?
Es un enigma que confirma nuestra diferencia. O Rajoy tiene la piel de elefante, como asegura Merkel, o ante una justicia inoperante, los que mandan y en muchos casos se corrompen (parten de un pensamiento corrupto), sólo tienen que defenderse de picaduras de mosquitos.

¿Legalidad? ¿Justicia inoperante?

Completamente irrebatible la argumentación de Savater en su reciente artículo “Antipático“. Coincido con él en que no hay otra forma civilizada de convivir, como no sea en democracia (hoy tan denostada) y cumpliendo sus leyes.

Pero ¿qué ocurre y a dónde nos agarramos cuando distintos informes técnicos, incluso del Consejo de Europa, dudan de que vivamos en una democracia de verdad, porque no se cumple ni siquiera la independencia de nuestra justicia?

¿No habría que empezar por aquí, por la calidad de nuestra democracia, para hacer la loa del cumplimiento de las leyes?
Mal vamos si como el propio Obama reconoce, las reglas no son iguales para todos. Hecho que nos recuerda la frase de Warren Buffett.

Recordemos que el actual conflicto catalán empieza con la corrupción (todo un síntoma), protegida y amparada –por ejemplo- por un Felipe González, representante máximo del partido único.

¡Qué buen vasallo si tuviese buen señor! se decía en los tiempos feudales.

Ahora deberíamos decir: ¡Qué gran democracia si fuera de verdad!

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1 Comentario

  1. Señor Sentenac:
    Después de releer su artículo, con un estilo más que notable, lamento decirle que me he perdido. Desde mi punto de vista, populismo y democracia son vocablos antagónicos y , al final, ignoro si usted loa un populismo irresistible ante la injusticia típica de una democracia huera, perfectible y urgente, o es el proceso natural e inmediato de la que nos ha tocado vivir -necesariamente populista desde su origen- como parece indicar . A esto me lleva la pregunta del huevo y la gallina y la afirmación (demasiado aventurada) de que Felipe González representa la máxima expresión del partido único, esencia constitutiva de todo populismo.
    Afirma también, con demasiado rigor, que debemos escoger entre sociedad y selva. Depende, pues en ocasiones la praxis muestra una identificación de ambas. Recuerdo aquella sentencia “el árbol no deja ver el bosque” cuando es el bosque quien diluye, difumina, al árbol. Yo quiero ser árbol bien definido primero y sumándome a los demás, porque somos seres sociales, constituirnos en bosque o selva, como prefiera. El individuo nace libre, como fundamento de su naturaleza, y por ello ha de discriminarse de su entorno. Caso contrario, más allá de disquisiciones semánticas o filosóficas, se convierte en masa o cosa.
    Yo también afirmo que no tenemos democracia, ni desde el punto de vista etimológico ni estricto; otra cuestión, sin embargo, es dejarnos mecer por cualquier cuna que se nos ofrezca. Alguien aseveró que el populismo es una herramienta para alcanzar el poder. Es preciso, asimismo, mirar la historia para conocer y recordar sus consecuencias.
    Un saludo

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