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La inteligencia artificial (II)

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La semana pasada iniciamos el presente artículo, con una entrega de carácter genérico sobre la inteligencia artificial (IA). Que en dura competencia con la humana, está contribuyendo, cada vez más, a una civilización digital, en la que todo parece posible.

 

Hoy, vamos a referirnos a las máquinas pensantes, y también a su posible combinación, o al menos coexistencia, con los cerebros humanos, cuya vida se puede prolongar de manera importante.

El caso de Lofti Zadeh (Bakú, Azerbaiyán, 1921) es bien ilustrativo de los avances de la IA, con base en la llamada lógica difusa; que se sirve de algoritmos que permiten disponer, en la vida cotidiana, de lavadoras y otros electrodomésticos inteligentes, capaces de elegir los programas más adecuados para adaptarse a las necesidades de cada caso y así ahorrar energía. Como también la lógica difusa permite diseñar instrumental médico avanzado, y para hacer que los trenes automáticos operen sin conductor. En concreto, el trabajo de Zadeh ha generado más de 50.000 patentes en EEUU y Japón. La Fundación BBVA le otorgó en 2013 su premio Fronteras del Conocimiento en la categoría de tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

Y en relación con las máquinas inteligentes Thomas Friedman, en The New York Times, se refiere al “final de las oportunidades para el trabajador medio, pues la revolución digital solo deja espacio para los excelentes, los mejores”. En ese sentido, comparte la tesis defendida por Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson, investigadores en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), en su libro Race against the machine, según la cual, el futuro será controlado por las máquinas, única manera de que tendremos servicios de alta calidad, personalizados, a un coste cercano a cero. En tales circunstancias una alta proporción de los trabajadores se verán subempleados de manera permanente: trabajarán menos horas de lo que le gustaría y les será mucho más difícil conseguir trabajos de larga duración. La clase media como ideal de la sociedad continuará siendo una aspiración general. Sin embargo, ese objetivo se alejará cada vez más.

En el mismo sentido que las observaciones anteriores, se sitúan dos académicos de la Sloan Management School del MIT, Erik Brynjolfsson and Andrew McAfee, que han realizado una serie de investigaciones muy críticas respecto al tecno-utopismo; en un libro conjunto publicado en 2011, con el título de “Carrera contra la máquina”. Un trabajo en que predicen que la tecnología puede destruir más que crear empleos, siendo posible que ensanche las ya muy fuertes desigualdades que están creándose en los más diversos mercados; en los que innovadores, inversores y consumidores se llevan la parte del león frente a los trabajadores.

Esa pesimista visión de futuro es compartida por el estudio del Global Institute McKinsey, en un informe titulado, Disruptive technologies: Advances that will transform life, business and the global economy, en el que figuran muchos ejemplos sobre la forma en que internet está revolucionando el trabajo en todos sus aspectos. De modo que pequeñas computadoras conectadas entre sí serán capaces de resolver en el futuro muchas cuestiones que actualmente se confían a seres humanos. E incluso hay problemas en las aplicaciones a la defensa. En ese sentido -en un simulacro de ficción muy afinado-, el 29 de agosto de 1997, Skynet -el sistema informático que controla el arsenal nuclear de EE.UU.- fue consciente de sí mismo, y toda una serie de operadores presos de pánico, trataron de desactivarlo. Sin embargo, Skynet, al percibir una amenaza exterior, lanzó al espacio su arsenal y extinguió toda la humanidad, marcando así el comienzo de un mundo gobernado por robots: todo un guión para la película, Terminator, de 1984.

Por supuesto, la gran capacidad de computación de nuestro tiempo comporta cosas buenas y va a traer algunas muchas más bien malas. Por ello, hay una pregunta frente a esa perspectiva: ¿estamos preparados para hacer frente a la posibilidad de que en el futuro, haya personas que -a pesar de estar dispuestos y en condiciones de trabajar- no tengan ningún valor económico como potenciales trabajadores? Una amenaza así parece que será más real de lo que muchos pueden pensar, pues en el momento en que los niños de diez años de ahora finalicen sus estudios, las computadoras podrían ser cientos de veces más baratas e inteligentes que hoy. De ahí que un futuro lleno de los serviciales robots a nuestras órdenes puede ser muy brillante; pero sólo si adaptamos las instituciones con suficiente rapidez para que no haya un elevado número de desocupados, a pesar de que hayan recibido, en general, una educación más que relevante.

A pesar de todo, Rafael Yuste, que como vimos en su momento lidera el proyecto Brain, se manifiesta muy en pro de impulsar la inteligencia artificial:

—Pero el desarrollo de máquinas con inteligencia humana es algo que inquieta a muchas personas. De hecho, las películas de ciencia ficción casi siempre reflejan este miedo a un futuro de robots que se rebelan contra sus creadores. ¿Qué opina?

—  Yo volvería al ejemplo del iPhone, que es una máquina potentísima y no se ha vuelto contra nosotros. Yo creo que son herramientas que el hombre siempre va a estar controlando. Volvamos atrás en el tiempo. El hombre inventa la rueda, domestica a los caballos o empieza a practicar la agricultura, y esto transforma su cultura y civilización. Yo pondría la inteligencia artificial en esta categoría de herramientas técnicas que la Humanidad ha desarrollado a lo largo de su historia, que nos han engrandecido. No lo veo como algo peligroso, como el que imagina al robot que se vuelve más inteligente que nosotros. Yo diría más bien que nosotros nos haremos más inteligentes gracias a ellos. El camino de la ciencia es un camino de ayuda a la Humanidad. Si repasamos la Historia, ha sido siempre el motor del progreso.

Diez años. Ese es el tiempo que Dmitry Itskov calcula que le llevará encontrar la forma de esquivar la guadaña transplantando su cerebro a un robot, a partir de 2014. El emprendedor ruso, de 31 años, lidera un proyecto de alta tecnología, de nombre en clave Avatar, y siempre ha tenido claro que “la gente no quiere morir”. Así que decidió emprender su propio viaje hacia la inmortalidad, por una senda que más bien parece de ciencia ficción: su iter consistiría en descargar el contenido del cerebro humano en una mente robótica, sin intervención quirúrgica. Para lo cual, el principal reto consiste en “diseñar un interfaz cerebro-máquina que permita controlar y asegurar la vida de un cerebro humano fuera de su cuerpo”. Para ello, será preciso inventar un ordenador en el que pueda ser instalada la información del cerebro originario.

Pero el caso es que Itskov tiene aún un objetivo más a largo plazo; lograr que el recipiente ‘postmortem’ sea holográfico, con todas las ventajas que eso puede comportar: atravesar paredes, desplazarse a la velocidad de la luz, etc.. Lo que no ha explicado el sagaz inventor es si ese cerebro sólo será de recuerdos o si podrá vivir con su entorno, manifestándose sobre cualquier cosa.

En resumen, sólo por ahora, puede decirse que se están produciendo avances que hace sólo unos pocos años podrían considerarse como de ciencia ficción, y todavía hay mucho más de lo que tratar, según veremos en las próximas entregas de este artículo sobre uno de los frentes de avance más notables de la investigación humana.

Y para terminar lo que podríamos llamar la sesión de hoy, deseamos a todos nuestros lectores, lo mejor de la vida: poder seguir pensando sobre lo que nos depara el futuro, y saber que tenemos conciencia suficiente para seguir ocupándonos de algo tan elemental y al mismo tiempo tan fundamental. Así que, felices Pascuas, de cara al año nuevo, al que ya nos referiremos en el próximo artículo. Mientras tanto, de los partícipes de este blog esperamos sus noticias y comentarios a través de castecien@bitmailer.net

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