Inicio Aventuras de una fumadora y su médico El tercer mes sin tabaco… el peor

El tercer mes sin tabaco… el peor

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

Siempre hay un momento en el que un fumador quiere dejar el tabaco. Aprovéchalo, porque es como los trenes… (36º Post)

 

Llevaba dos meses sin fumar y me las prometía muy felices, pero los asaltadores de caminos están por todas partes, a la vuelta de cada esquina y no sabes cuándo pueden pretender atracarte.

Estaba otra vez en danza y mi apacible y reposada vida laboral estaba patas arriba, pero lo más grave de todo es que volvieron, de repente y sin avisar, todos los miedos, los temores, las ansiedades. Todo. Una sombra se apoderó de mí y las ganas de bajar a comprar un paquete de tabaco estaban a flor de piel.

El pasado volvía para ensombrecer el futuro.

El ritual de la preparación de las infusiones, que me había dado tan buen resultado ahora ya no era suficiente. Necesitaba buscarme otra manera de despistar a la ansiedad. Enemiga sin invitación que se había colado en mi fiesta privada y que pretendía aguármela.

El antídoto que busque fue otra rutina: Zanahorias. Las pelaba con toda la parsimonia y parafernalia del mundo. Las cortaba en finas tiras y las comía todo lo despacio que podía. Bebí muchísima agua, porque la ansiedad me producía una sed enorme. Fueron dos o tres semanas horribles.

En el cuaderno verde, que llevaba casi impoluto hacía dos semanas, donde los ceros eran los reyes de las tablas, ahora comencé a escribir treses y cuatros de nuevo. Pero resistí. No podía defraudar a Amparo y a Miguel.

Estuve a punto de llamarles por teléfono. Miraba el número como puede mirar un náufrago una tabla que flota en el mar, pero no lo hice y eso que siempre insistían en que cuando Endriago bombardeará con toda su fuerza, no dudara en poner una barrera antimisiles a modo de conversación con ellos.

Por fin entendí la labor que hacían con nosotros. Eran mi referencia. Mi primer pensamiento antes de sucumbir a la ansiedad y encenderme un cigarrillo, por mucho que lo deseara. Me avergonzaría muchísimo si tenía que contarles que había recaído. No podía presentarme ante ellos y decirles que había fumado por el simple hecho de estar estresada. ¿Qué iban a pensar de mí? Lo mínimo que cabría esperar era que me dijeran:

‘¿Te ha solucionado algo fumarte un cigarrillo?’. ‘¿Has conseguido hacer mejor la entrevista?’ ‘¿Has explicado mejor el proyecto?’. ‘Has…. ¿qué? Nada’.

Preguntas muy similares a las que todos nos hacemos cuando estamos en proceso de dejar de fumar. ¿Sabré hacer esto o lo otro si no enciendo un cigarrillo? ¿Me aceptarán igual los amigos si no fumo?

Por lo que me aferré a ellos, como los niños a la mano de sus padres cuando están atravesando el túnel del miedo, en una de las atracciones de feria. No me solté en ningún momento. Me daba pavor verme delante de ellos contándoles que había sucumbido ante el tabaco. Sin duda, me sentiría muy avergonzada. No podía, primero defraudarme a mí y después a ellos.

Era muy consciente, más que nada porque insistían mucho en ello, tanto Amparo, como Miguel, de que el éxito de dejar de fumar era mío, pero yo creo que una parte de ese triunfo también les correspondía.

Por pundonor, por satisfacción personal, por dignidad, incluso si me apuras por pudor, vergüenza o bochorno, no podía presentarme delante de ellos y decir que había sido débil, cobarde, pusilánime, floja o que había desfallecido y recaído. Me daba reparo pensar en defraudarles. Casi sentía más vergüenza pensando en ellos que en mí misma. Ya me habían advertido también de ello.

Tuve momentos muy duros. Sería estúpido por mi parte decir que este tercer mes fue un camino de rosas sin espinas. Hubo más zarzas, que bellos rosales. Comí más zanahorias que en toda mi vida. Creo que desde entonces las aborrezco.

Luche contra Endriago que se había convertido en un ser procedente, no de una madriguera, sino del inframundo, dotado con cabezas, brazos y cuerpos que aparecían constantemente y que sabía que se convertirían en un bello príncipe o en el amigo más tierno y acogedor realizando un simple ejercicio: el de bajar las escaleras, salir a calle y comprar un paquete de tabaco. Tan sencillo como eso, pero no me apetecía perder esa batalla.

Soy consciente de que la guerra durará toda mi vida, pero las luchas serán cada vez menos sangrientas o más espaciadas en el tiempo. Hoy estoy segura de una cosa, que no he fumado hoy, mañana… ¿Quién sabe?

Desde que llevo sin fumar, el tercer mes, ha sido el más duro. Ni la primera semana, ni la segunda, ni la tercera con todo lo que supuso. Puede que estuviera motivada por mi nueva situación laboral o puede que estuviera sujeta a un plan estratégica y linealmente diseñado por Endriago, que sabemos que es un gran estratega y ataca a tus defensas cuando menos lo esperas para comprobar la resistencia de tus soldados.

Apunté en el cuaderno: Preguntar a Miguel por el comportamiento del cuerpo en el tercer mes después de haber dejado de fumar.

Continuará…

Este blog está protegido por los derechos de autor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este texto. (SA-79-12)

 

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