Inicio Aventuras de una fumadora y su médico ¿Cuánto tiempo pierdes fumando?

¿Cuánto tiempo pierdes fumando?

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

Siempre hay un momento en el que un fumador quiere dejar el tabaco. Aprovéchalo, porque es como los trenes… (32º Post)

Me propuse que no abandonaría un vicio por otro, aunque el último fuera más sano. Me explico. No cometería el error de dejar de fumar y liarme con caramelos, pipas y demás. En principio, porque en una de las ocasiones que dejé de fumar, opté por sustituirlo por caramelos sin azúcar. Y lo que me produjeron fue una flatulencia exagerada. No podía parar de eliminar ventosidades. Mis intestinos eran una orquesta con todos sus instrumentos. Ya había pasado por ello y era horrible, sobre todo cuando te pillaba en un momento que no podías dejarlos escapar.

Quizá el té no fuera lo más aconsejable, por la teína, pero a mí me resultó útil, más que nada porque hay infinidad de infusiones para probar, brebajes que son muy apetecibles por su aroma o por sus beneficios, porque muchos de ellos nos relajan.

A mí me ha funcionado, pero es opcional, cada uno puede buscarse su propio ritual, pero que no te engorde. Es muy satisfactorio ver como logras vencer el tabaco sin engordar, porque resulta muy frustrante comprobar que la báscula se convierte en una enemiga.

Post atrás decía que el agua no pasa dos veces por el mismo sitio o lo que es lo mismo, las experiencias anteriores puede que no sirvan para el momento actual. Me tengo que desdecir un poco y señalar que la experiencia es un grado, al menos para lo que voy a contar. Tengo una ventaja, que no es exclusiva mía, seguro que a más personas que están dejando de fumar o lo han dejado, también les ocurre. Cuando veo o veía a una persona fumar era cuando menos ganas me entraban a mí de hacerlo. Esto me ha pasado en las seis veces anteriores que he dejado de fumar. Nunca me importó que fumaran a mi alrededor. Esto me daba ánimos. Mantenía conmigo misma un diálogo estupendo, que siempre concluía con la misma expresión. El/Ella lo necesita, yo no.

Estaba a punto de cumplir mi primer mes como ex fumadora y por esta época comencé a notar que tenía mucho tiempo. Hasta este momento mi reocupación era no recaer, por lo que no me había percatado de que las horas que dedicaba a fumar estaban intactas para que yo me sirviera de ellas. Podía utilizarlas a mi antojo.

Con estos pensamientos andaba cuando leí una entrevista que Javier Caballero le hacía al director de escena, Miguel Narros, en la sección ‘la horma de mis zapatos’, en el Magazine de El Mundo. El periodista le preguntaba:

– (…)

– Un vicio que no piensa dejar.

– El vino.

– Más vicios, ¿le gustaría que se fumara en los teatros?

– No. Yo he llegado a fumar cinco paquetes al día. ¡La cantidad de tiempo que he perdido fumando! Soy muy nervioso, y el pitillo me ha servicio para reflexionar sobre muchas cosas.

– Nos están quitando hasta el cigarrito de después, qué intervencionismo, ¿no?

– O qué manera de salvarnos… (…)

Opino lo mismo que el director de escena. Qué con esta medida puede que nos salven y que he perdido mucho tiempo con un cigarrillo entre las manos, tiempo que podría haber dedicado a otras cosas más gratificantes. Miguel me había comentado que fumar veinte cigarrillos al día suponía malgastar un tiempo aproximado de dos horas al día, pero cada uno podía hacer una estimación de cuanto perdía él. Me propuse hacer un cálculo mental no solo de la cantidad de tiempo que perdía sino de la calidad del mismo.

Salir a tomar café a media mañana supuso pasar de estar treinta minutos, porque me fumaba de dos a tres cigarrillos en ese intervalo de tiempo, a estar diez minutos. O lo que es lo mismo, lo que dura el café y echas un vistazo rápido al periódico del bar. Por lo que con los otros veinte minutos o realizaba alguna gestión o simplemente me daba un paseo.

Dejar de salir a fumar un cigarrillo después de comer al balcón hizo que compartiera con mi pareja una agradable sobremesa, en la que se incluía una taza de infusión.

Trabajar y parar en mitad de la tarea para echar un cigarrillo, quedó descartado, por lo que las labores las hacía o más relajada o las concluía antes, con lo que tenía más tiempo para mí.

Nunca me había parado a pensar en el tiempo que te roban los cigarrillos al cabo del día. Y así, unos días con otros, fui retomando hábitos como ver la tele sin levantarme del sillón, ya no tenía que fumarme un cigarrillo en los anuncios; leer con tranquilidad, sin estar esclavizada a salir fuera porque me entraban las ansias de fumar o simplemente no maldecirme porque se me hubiera olvidado comprar un paquete de cigarrillos y si eran las once de la noche ya no había nada abierto para adquirirlo.

Cuántas veces con el pijama puesto mirabas el paquete de tabaco y decías, ¡Dios no sé si tendré para hoy! Y antes de que cerrara el kiosco, te cambiabas y bajabas escopetada a por los cigarrillos. Si ya era tarde, pensabas y repensabas qué bar podía estar abierto. En último recurso, ibas hasta el supermercado que estaba abierto las veinticuatro horas. Todo para fumarte un cigarrillo.

Vamos, que al dejar de fumar, me despreocupe de un sinfín de cosas, que hacía sólo un mes eran imprescindibles en mi vida. Y sobre todo comenzaba a tener la sensación de que era más libre, podía emplear el tiempo en cosas mucho más placenteras que fumar un cigarrillo, aunque hubiera sido impensable hacer esta apreciación veintitantos días atrás.

Continuará…

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